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Bloqueos que regresan, porque los problemas nunca se fueron

No es un capricho ni una guerra contra el gobierno. Es un grito desesperado de dos sectores que sostienen buena parte de la economía nacional

 

Por Rubén Iñiguez

El lunes 24 regresó un escenario que ya se ha vuelto demasiado familiar: bloqueos y movilizaciones en la red carretera del país.

Transportistas y productores del campo anunciaron una jornada de presión con afectaciones en al menos a 18 estados. Más que una protesta aislada, es el síntoma de un problema que el país arrastra desde hace años y que, por más llamados y promesas, no encuentra solución.

Los transportistas insisten en algo tan básico como urgente: transitar por las carreteras del país sin miedo. La extorsión, el robo de carga y la inseguridad en autopistas dejaron de ser hechos aislados para convertirse en rutina. Son negocios completos operando a costa de quienes transportan alimentos, mercancía y materias primas. Llegar con vida y con el camión completo se volvió casi un acto de suerte, y eso debería alarmar a cualquier gobierno.

Por su parte, los productores del campo salen a las carreteras por una razón igual de profunda: no pueden seguir sembrando a pérdida. La exigencia de precios justos lleva años repitiéndose, pero la respuesta institucional ha sido lenta, insuficiente o simplemente inexistente. Para muchos campesinos, protestar ya no es una estrategia política; es la única forma de ser escuchados antes de que su actividad desaparezca.

La Asociación Nacional de Transportistas (ANTAC) calcula que cerca de 20 organizaciones se sumaron al paro. Y el mensaje es claro: si las autoridades no atienden un expediente que lleva años archivado, entonces presionarán en donde más duele, en las propias carreteras que mantienen en movimiento al país. Para unos será una molestia, para otros una medida drástica; para ellos, es la última herramienta que les queda.

Desde el campo, voces como la del guanajuatense Mauricio Pérez han optado por un matiz: no detener por completo la circulación, pero sí estrangularla para hacer sentir la presión. No se trata de colapsar al país, dicen, sino de dejar claro que los productores también forman parte de esa cadena que sostiene a México. Si ellos paran, el resto del país lo resiente tarde o temprano.

Estados como Michoacán, Guerrero, Jalisco y Querétaro parecen encaminados a replicar este modelo. Y no es casualidad: son regiones donde conviven, en distintos niveles, la inseguridad en las rutas y el abandono histórico al campo. Son también estados donde la autoridad ha prometido soluciones que no terminan de aterrizar en la vida real de quienes producen y transportan.

Lo preocupante es que esta no será la última vez que veamos bloqueos. Mientras no se atienda la raíz del problema —seguridad real en las carreteras, reglas claras y precios justos para los productores— las protestas seguirán regresando con la misma frecuencia con la que regresan las crisis. Y cada vez el costo social y económico será mayor.

Al final, lo observado no fue un capricho ni una guerra contra el gobierno. Es un grito desesperado de dos sectores que sostienen buena parte de la economía nacional, pero que sienten que nadie los está escuchando. Si el país depende de ellos, lo mínimo es que el Estado garantice condiciones dignas para que puedan seguir haciendo su trabajo. De lo contrario, los bloqueos no serán noticia: serán la nueva normalidad.