
Apagar las pantallas, recuperar la atención
La Editorial (Semanario)
En el debate sobre la educación infantil y el papel de la tecnología, México enfrenta una disyuntiva ¿debería prohibirse el uso de dispositivos en las escuelas de educación básica, como ya lo han hecho países tan diversos como Francia, China, Países Bajos, Bolivia, Costa Rica y Chile? La respuesta no es sencilla, pero sí urgente.
La infancia mexicana se desarrolla en un entorno hiperconectado: más del 70% de la población ya utiliza internet de manera cotidiana. Sin embargo, el acceso temprano a dispositivos no se traduce automáticamente en mejores aprendizajes. Al contrario, las pruebas internacionales PISA han mostrado que México se encuentra rezagado respecto a otros países de Latinoamérica.
En Matemáticas obtuvo 395 puntos de 472 en promedio; en Lectura el puntaje fue 415 de 476; y Ciencias 410 puntos de 485 en promedio.
Mientras Chile y Uruguay logran desempeños superiores en lectura y matemáticas, México se mantiene en la parte baja de la tabla, reflejando un aprovechamiento escolar insuficiente.
La fórmula es clara: más pantallas, menos comprensión.
Hace dos años, las escuelas de Países Bajos prohibieron los celulares bajo un acuerdo nacional —no una ley—, pretendían reducir las distracciones, mejorar la concentración y fomentar un mejor rendimiento académico. Un estudio del gobierno neerlandés en 317 escuelas secundarias reveló que aproximadamente tres cuartas partes informaron de una mayor concentración desde que se prohibieron los teléfonos. Casi dos tercios afirmaron que el clima social había mejorado, y alrededor de un tercio observó un mejor rendimiento académico.
Y es que el problema no es la tecnología en sí, sino la ausencia de una política educativa. Como se sabe, los teléfonos o tablets pueden ser herramientas poderosas si se integran en proyectos pedagógicos bien diseñados, pero se convierten en distractores cuando sustituyen al maestro o se usan sin propósito. La prohibición radical, como en Francia, busca proteger la concentración y la convivencia; sin embargo, en México la discusión ni siquiera ha comenzado con seriedad.
La raíz de esta omisión está en la inversión. México destina alrededor del 4% del PIB a la educación, por debajo de países como Brasil o Chile, que superan el 5%. Esta diferencia se traduce en aulas deterioradas, salarios bajos para los maestros y escasa capacitación en el uso pedagógico de la tecnología. Mientras tanto, se multiplican los discursos oficiales sobre “modernización” y “digitalización”, sin que exista un presupuesto que respalde esas palabras.
El contraste es doloroso: mientras otros países de la región avanzan en políticas de integración tecnológica con formación docente y recursos adecuados, México sigue atrapado en la precariedad. La clase gobernante parece más preocupada por las encuestas y las campañas electorales que por el futuro de los niños. La educación, que debería ser prioridad nacional, se ha convertido en un tema secundario, relegado a discursos de ocasión.
Desde que la izquierda gobierna, el sistema educativo ha venido a menos. No por ideología, sino por negligencia. Se privilegia la narrativa política sobre la construcción de políticas públicas sólidas. Los programas se anuncian con estridencia, pero carecen de continuidad y evaluación. La educación infantil, que debería ser el cimiento de cualquier proyecto de nación, se diluye como agua entre los dedos, entre promesas incumplidas y presupuestos insuficientes.
Más allá del debate de la prohibición de celulares, el análisis debe apuntar a lo verdaderamente profundo: la capacidad del Estado mexicano para garantizar una educación de calidad en un mundo digital. La tecnología no es enemiga, pero tampoco puede ser la coartada para ocultar el abandono.
México quizá requiere una reestructura en su visión educativa, colocando a la infancia en el centro, que defina con claridad cómo y cuándo usar la tecnología, que invierta en infraestructura y formación docente, y que deje de supeditar la política educativa a los vaivenes electorales.
Al final, la educación infantil siempre es reflejo de cómo una sociedad está pensando en el futuro. La verdadera modernización no está en repartir tabletas, sino en construir un sistema educativo que enseñe a pensar, a crear y a convivir. Todo lo demás es ruido.








