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Trump: ¿un loco en el tablero del ajedrez?

Por Mario Robinson Bours

Donald Trump, presidente de Estados Unidos, mantiene al mundo en tensión como pocos líderes en tiempos recientes. Aranceles que sacuden los mercados financieros, decisiones militares de alto riesgo, cambios bruscos en política migratoria y un discurso que rompe con las reglas de la diplomacia tradicional han convertido su presidencia en un auténtico torbellino. Para muchos, su forma de gobernar parece errática, incluso irracional. Desde fuera, varias de sus decisiones dan la impresión de ser impulsivas o mal calculadas. Sin embargo, cuando se mira con un poco más de calma, empieza a verse algo distinto: detrás del ruido hay una lógica y una estrategia clara, aunque polémica, sobre cómo debe ejercer su poder Estados Unidos en el siglo XXI.

Trump nunca ocultó su objetivo. Desde la campaña lo resumió en una frase sencilla y repetida hasta el cansancio: “Make America Great Again” (“Hacer a Estados Unidos grande otra vez”). Con ese punto de partida, quizá no debería sorprendernos que gobierne como lo hace. Sus decisiones, por incómodas o disruptivas que resulten, encajan con esa promesa. Más que improvisar, Trump parece estar ejecutando, paso a paso, lo que anunció desde el principio.

Detrás de los aranceles, las deportaciones y las amenazas militares hay una idea muy concreta (aunque radical) sobre el papel de Estados Unidos en el mundo. Trump no le rehúye al conflicto; al contrario, lo entiende como parte natural del juego. Está acostumbrado a negociar presionando y rara vez mueve una pieza sin calcular el impacto, incluso cuando eso implica romper acuerdos o desafiar normas que durante años se dieron por intocables. La pregunta de fondo no es solo qué hace, sino por qué lo hace y hacia dónde quiere llevar esas decisiones.

Lo que hay debajo de la superficie

Más allá de lo inmediato, hay un proyecto más amplio: devolverle a Estados Unidos su papel dominante en el escenario internacional, pero desde una lógica distinta, basada en soberanía total y poder sin concesiones. Lo que muchos interpretan como desorden o improvisación es, en realidad, un intento deliberado de romper con décadas de dependencia de organismos multilaterales como la ONU, la OMC o la OMS, así como de acuerdos económicos impulsados desde el FMI y el Banco Mundial. Desde la visión de Trump, estas estructuras, lejos de fortalecer a Estados Unidos, terminaron atándolo a compromisos costosos y reduciendo su margen de maniobra.

Durante décadas, Washington asumió el papel de garante del orden internacional, no solo firmando acuerdos, sino también sosteniendo una extensa red de bases militares repartidas por todo el mundo. Ese despliegue tuvo un costo alto para Estados Unidos: recursos económicos, desgaste político y, en muchos casos, vidas humanas. El objetivo era contener conflictos, disuadir guerras y mantener un cierto equilibrio global. Sin embargo, ese esfuerzo rara vez fue visto como una responsabilidad compartida. Con frecuencia se interpretó como intervencionismo y fue motivo de críticas constantes. Desde la óptica trumpista, sin ese respaldo militar estadounidense el mundo habría sido mucho más inestable, con conflictos regionales más frecuentes y sin una potencia capaz de poner límites claros.

Bajo esta lectura, Trump no actúa sin rumbo. Juega una partida distinta, con reglas propias y una lógica calculada que incomoda y descoloca tanto a aliados como a adversarios.

El objetivo final es claro: recuperar la capacidad de imponer condiciones sin necesidad de consensos externos. En el fondo, se trata de reforzar el poder presidencial y reafirmar la idea de que las decisiones estratégicas deben tomarse en Washington, específicamente en la Casa Blanca, y no en mesas multilaterales llenas de compromisos cruzados.

Conclusión

La presidencia de Donald Trump no es solo una cadena de sobresaltos. Es un experimento político que busca redefinir el lugar de Estados Unidos en el mundo, aunque eso implique tensar alianzas históricas y desafiar reglas que durante décadas sostuvieron el orden internacional. Sus políticas comerciales, militares y migratorias responden a una lógica sencilla: concentrar poder, reducir dependencias y actuar sin pedir permiso.

¿Loco o estratega? En política, la imprevisibilidad también puede ser una herramienta, y la confrontación, una forma de negociación. Trump parece haber entendido que, en un mundo lleno de consensos frágiles, romper las reglas puede ser una manera de imponerlas.

El mundo observa si esta apuesta terminará fortaleciendo a Estados Unidos o si dejará un escenario internacional más fragmentado e inestable. Lo que sí está claro es que detrás de cada movimiento hay una convicción firme, repetida desde el primer día: Make America Great Again, incluso si para lograrlo es necesario incomodar aliados, asumir costos y provocar conflictos.

Cierro con esto

La partida de ajedrez ya está en marcha y las piezas siguen moviéndose. Así es como yo interpreto esta partida. No implica compartir el rumbo ni justificar sus efectos, solo tratar de entender la lógica detrás de un jugador que, para bien o para mal, decidió mover las piezas de otra manera.