
EL PROFETA: Davos y un nuevo orden mundial
“En lo más secreto de los libros de la vida hay escrita una ley: si miras una cosa novecientas noventa y nueve veces no corres ningún peligro, pero si la miras de nuevo, la vez número mil, entonces corres el espantoso riesgo de verla por primera vez”.
—G. K. Chesterton
Por Fernando Gallardo
Solo observo y analizo para guardar registro; por siglos es la tarea que se me ha encomendado. ¿Bendición la mía? No lo sé. Así estaba escrito: esta es su voluntad y me someto a ella porque ¿cómo podría no ser así, si yo vi al Hijo cargando el peso y la culpa de toda la malicia, perversidad, crueldad y hedonismo de la humanidad? Lo vi desde Getsemaní al Gólgota; lo vi aceptar con su humanidad esa carga, sometiéndose a la voluntad de su Padre; lo vi sacrificarse y sufrir lo indecible por un amor que nuestro lenguaje no puede describir.
Tengo que andar por todos los rincones del mundo y por todos los siglos hasta la parusía. Me pueden ver, escuchar y tocar, pero algo sobrenatural impide que mi presencia guarde registro en la mente de quien interactúa conmigo y en todo artefacto también: una fotografía no captura mi imagen; un aparato de grabación de audio no almacena ningún sonido que produzca. Y si muevo algo, cualquier cosa, esta regresa a la posición original, como si nada hubiera hecho.
Es el año 2026 del nacimiento del Salvador, el año 6786 del nacimiento de nuestro padre Adán. Llevo 3816 años andando por el mundo, pero no soy el judío errante —él sí está maldito y más adelante daré cuenta de su historia—. En uno de los lugares en los que estoy en este momento se está llevando a cabo una reunión de jefes de Estado y propietarios de fortunas gigantescas. En otro lugar en el que también estoy, pobladores de Minnesota protestan por el trato brutal del personal responsable de controlar la migración ilegal, quienes ya mataron a dos pobladores a sangre fría. ¿Qué puedo decir? He visto tantas armas arrancando la vida de millones y millones de personas… Ojalá pudieran entender, pero esto no va a pasar.
Corre el mes de enero del calendario gregoriano. En la reunión hay mucho alboroto derivado de un discurso emitido por el actual jefe del pueblo canadiense —creo que nunca podré acostumbrarme a eso de los países, presidentes y primeros ministros—. Se llama Mark: un sujeto educado que tuvo la bendición de nacer en una familia, lugar y tiempo con beneficios y satisfactores que tan solo un pequeño porcentaje de las más de 107 mil millones de personas nacidas en toda la historia pudo disfrutar. Incluso tuvo la oportunidad de abrevar sus altos estudios en Harvard y Oxford, dos de los institutos donde confluyen los hijos de las élites de los pueblos anglicanos y puritanos.
¿Y qué con el discurso? Que lo he escuchado tantas veces como generaciones, naciones y pueblos ha habido. Y es que en el poder es más común encontrarse con estercoleros morales llenos de muerte, corrupción y demagogia que con paisajes de virtud colmados de vida, armonía y transparencia. Yo vi al Sr. Mark Carney: él fue operador y promotor del modelo político y económico que causó los males de los que ahora se queja en el discurso. Modelo político y económico con el que se amasaron fortunas personales más grandes que economías de naciones completas, a costa del sacrificio, sufrimiento, trabajo y vida de millones de seres humanos en toda latitud. Ahora, de forma hipócrita y oportunista, rompen con el viejo orden que ese mismo grupo promovió. Carney actúa como vocero del poder económico internacional y ahora invita a los pueblos más desafortunados a construir otro nuevo orden. El mundo lo escuchó decir: “…construir un nuevo orden que integre nuestros valores, como el respeto de los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial de los Estados”. Y es aquí donde la demagogia se vuelve protagonista. Aquí es donde los eventos se repiten.
Al viejo orden lo antecedió otro orden y antes hubo otro; y en cada cambio de orden salió un vocero del poder en turno, en algún foro donde se juntan las élites, a dictar, en esencia, el mismo discurso: romper con el viejo orden para instalar uno nuevo. A la distancia puede verse como un juego, y en el fondo sí lo es: un juego perverso donde los únicos beneficiados son las élites que se reúnen en esos eventos. Yo he estado ahí; he escuchado los cuchicheos jactanciosos en los que se reparten el fruto del trabajo y la vida de quienes se supone deberían cuidar. No les importa nada más que el poder, el dinero, el placer y la fama.
Los pecados capitales de Luzbel perviven y traspasan los siglos para pervertir a quienes tienen la responsabilidad de guiar y cuidar a sus pueblos; así como a Nerón en Roma, Yang de Sui en China, Ahuízotl en Mesoamérica o Stalin en Rusia. Para aquellos jefes de los pueblos actuales, invadidos por la soberbia, la envidia y la ira, las personas son solo súbditos: un número, un registro estadístico, un costo y, sobre todo, el combustible que se quema para mover la maquinaria que sostiene los feudos de las élites.
Mientras en Davos se difunde el nuevo engaño, el nuevo enemigo a vencer, el nuevo orden mundial a seguir para que la maquinaria continúe trabajando a su favor, en otros lugares una madre ayuda a sus pequeños con las tareas de la escuela; un joven se cultiva con un buen libro; un pequeño empresario motiva a su equipo a crecer; un padre de familia termina satisfactoriamente su jornada de trabajo; un sacerdote oficia una misa, y una abuela reza un rosario por el alma de sus nietos.
¿Mi identidad…? Eso luego lo veremos… A seguir mi andar por el mundo. A seguir observando y escuchando para guardar cuidadoso registro de los eventos más importantes de la batalla metafísica; que si miras de nuevo, la número mil, la verás entonces con toda claridad. No. 1
*Ing. Fernando Gallardo Ybarra
Coordinador del club de liderazgo Jaguares y Águilas








