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EDITORIAL: El vestido de la Verdad

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Cuenta una vieja fábula que un día la Mentira y la Verdad se encontraron en un río. Entonces, la Mentira le dijo a la Verdad: —Buenos días, doña Verdad.
Y la Verdad, que no se fiaba mucho de su nueva amiga, comprobó si realmente era un buen día. Miró al cielo azul sin nubes, escuchó cantar a los pájaros y llegó a la conclusión de que, efectivamente, era un buen día.
—Buenos días, doña Mentira.
—Hace mucho calor hoy, dijo la Mentira.
Y la verdad vio que tal y como decía la Mentira, era un día caluroso.
La Mentira entonces invitó a la Verdad a bañarse en el río. Se quitó la ropa, se metió al agua y dijo:
—Venga doña Verdad, que el agua está muy buena. Por aquel momento la Verdad ya se fiaba de la Mentira, así que se quitó la ropa y se metió al río. Pero entonces, la Mentira salió del agua y se vistió con la ropa de la Verdad mientras que la Verdad se negó a vestirse con la ropa de la Mentira, prefiriendo salir desnuda y caminar así por la calle.
Como toda fábula, esta también tiene su moraleja o sus moralejas. En primer lugar, que a la mayoría no nos gusta ver la verdad desnuda, y la preferimos disfrazada o cuando menos con un vestido “decoroso”. Y la segunda moraleja, ya tiene que ver con el aspecto político, es que los hombres del poder conocen esta debilidad humana y la usan para su beneficio, vistiendo a la verdad como mejor les acomoda a sus intenciones y objetivos. Son verdaderos sastres que logran que quedemos maravillados al ver pasar a la mentira enfundada en un blanco purísimo exhibiéndose sin el menor pudor. Esto no nos ofende, porque nos gusta ver la apariencia, más que lo esencial, lo verdadero.
Bien, pues esto desde siempre ha sido aprovechado por políticos astutos, algunos de ellos verdaderos maestros del engaño para hacer que nos traguemos mentiras del tamaño de una rueda de molino, y luego quedemos conformes. Son hombres capaces, como lo hizo la Mentira, de convencernos de lo más inverosímil, incluso que creamos que es la Verdad solo su ropaje externo.
Uno de estos maestros del engaño fue sin duda Joseph Goebbels, padre de la propaganda Nazi y responsable del Ministerio de Educación Popular y Propaganda del Tercer Reich. Fue el genio que logró que el pueblo alemán divinizara a Adolfo Hitler, usando simplemente técnicas para cambiar, torcer y transformar la mentira y ponerle un vestido para que pareciera verdad.
Estableció varios principios para lograr que la mentira se volviera una verdad absoluta, y el pueblo lo creyera a ojos cerrados. Sus reglas han sido repetidas por gobiernos de todas las nomeclaturas, principalmente las dictaduras o gobiernos con afanes dictatoriales. Algunos incluso, han perfeccionado estas técnicas, sobre todo en la forma de imponer los mensajes. Ahí tiene el caso de Fidel Castro, quien no solo usó el engaño, sino todo el poder del Estado. Comenzó con reformas legales que le permitían la represión, las cuales aplicaron las fuerzas de seguridad, que junto con grupos de civiles alineados con el gobierno reprimieron todas las libertades con prácticas como detenciones arbitrarias, golpizas y actos públicos de repudio. Algo que en estos tiempos no suena lejano.
Los principios de Goebbels todavía están vigentes para engañar a la gente. Primero, el crear un enemigo único. No muchos, uno. La corrupción como gran enemigo. Y luego, se reúne a los adversarios en una sola categoría y por contagio a todos se les acusa de corruptos. Ya una vez desprestigiados ante los ojos de la población, es cargar a los enemigos con todos los errores, sobre todo los propios. La culpa es de gobiernos pasados, aunque el error haya sucedido en la mañana de ese día. Recuerden, el objetivo, anular al enemigo para que no sea un futuro opositor.
Entre los siguientes pasos que instrumentaba Goebbels está el principio de la exageración y desfiguración. Cualquier logro, por mínimo que fuera exagerarlo como un enorme éxito. Y las fallas, no esconderlas, sino cargarlas a los adversarios. Algo muy importante y que aplicaban atinadamente era hablar en lenguaje coloquial, popular. Porque, explican los especialistas, “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida, porque cuanto más grande sea la masa a convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa, además, tienen gran facilidad para olvidar”.
Algo clave es el llamado “Principio de la orquestación”, porque aquí radica uno de los factores claves implementado por Goebbels, quien sostenía que para las masas no es importante muchas y grandes ideas, sino pequeñas pero repetidas muchas veces desde diferentes ángulos y perspectivas, porque si “una mentira se repite lo suficiente, terminará por convertirse en verdad”. Es clave que estas mentiras se basen en los odios y prejuicios arraigados en las grandes masas para que sea más fácil lograr su engaño, pero sobre todo se logra hacer creer a los grupos sociales que todo mundo piensa igual y cree en lo mismo. Así, lo que no hace el engaño lo hace el miedo de ir en contra la dirección en que corre la manada.
Y finalmente, para dar el remate, implementar el llamado “principio de silenciación”, que es callar a los adversarios, a los que pudieran dar la voz disonante, sobre todo si están en lo cierto y promueven la verdad. Se debe callar todo lo que favorece al enemigo. Distorsionar las noticias, forzando medios de comunicación y comunicadores. Desprestigiar las voces opositoras, a los comunicadores, intelectuales y políticos. Deben cargar con todo lo negativo, para que la población no tenga puntos de referencia porque podrían darse cuenta que son engañados.
Esto lo han seguido los gobiernos que en su ADN tienen genes que los llevan a la dictadura. Ya lo hemos visto en Latinoamérica con Nicolás Maduro, Daniel Ortega, Miguel Díaz-Canel, y otros que siguen ese camino. Todos ellos tienen excelentes sastres políticos, que se encargan de vestir a la Mentira con ropajes de Verdad. Y atacar a la Verdad porque camina desnuda.