
Todos escriben bonito… y eso ya es el problema
El problema no es usar IA; el problema es querer parecer algo que no eres y creer que nadie lo nota
Por Alberto Moreno.
Hay algo raro pasando en el ecosistema digital. De pronto, todo el mundo escribe bien. Demasiado bien. Textos pulidos, estructurados, con introducción elegante, desarrollo correcto y cierre inspirador. El problema no es la calidad aparente, es que todos suenan igual. Como si hubieran pasado por la misma lavadora editorial.
En redes sociales esto ya no es una sospecha, es una sensación colectiva. Gente que antes apenas publicaba frases sueltas hoy se avienta artículos densos, análisis profundos, reflexiones “de largo aliento”. Y no, no es que hayan despertado escritores dormidos… es que alguien más está escribiendo por ellos.
El lector no es tonto. Tal vez no sabe explicar por qué, pero lo huele. El texto no tiene cicatrices. No duda. No se equivoca. No transpira. Y cuando un texto no transpira, por muy correcto que sea, no conecta.
Aquí aparece una vieja conocida: la paradiástole. Esa maniobra elegante donde lo que es carencia se vende como virtud. No tengo voz → tengo claridad. No tengo experiencia → tengo estructura. No tengo pensamiento propio → tengo buena redacción. Cambia el nombre, no el fondo.
Y ojo, esto no es una cruzada contra la IA. Es una llamada de atención contra el uso perezoso y tramposo de la herramienta. Porque escribir no es juntar palabras bonitas: es hacerse responsable de lo que se dice.
Paréntesis breve, pero necesario:
Hay quienes usan la IA como prótesis total: publican como ensayistas, opinan como expertos y posan de periodistas… pero si les quitas el prompt, no te redactan ni un mensaje de WhatsApp sin faltas.
El problema no es usar IA; el problema es querer parecer algo que no eres y creer que nadie lo nota.
En lo personal, escribir para mí es una enorme responsabilidad. No es sentarme y soltar texto. Implica revisar no una ni dos, sino varias veces la ortografía, la redacción y, sobre todo, el sentido de lo que quiero decir. Incluso algo más incómodo: pensar qué va a sentir quien lo lea. Si se va a enganchar, si se va a incomodar, si se va a cuestionar algo.
Es un compromiso. Y escribir bien está directamente ligado a leer. No poco. Mucho. Y de todo. Leer lo que te gusta y lo que te incomoda. Lo bien escrito y lo torpe. Porque la lectura afina el criterio, no el ego.
Por eso me cuesta creer en esta súbita epidemia de “grandes escritores” que apareció de la noche a la mañana. La escritura real deja rastro. Se nota el proceso, el error corregido, la idea masticada. La escritura ensamblada solo cumple, pero no dice.
Estamos entrando en una época donde escribir bien ya no impresiona. Lo que va a importar es quién está detrás del texto, qué ha vivido y qué está dispuesto a sostener públicamente.
Porque cuando todos hablan bonito, el silencio también hace ruido.
Y cuando todos escriben perfecto, la imperfección vuelve a ser la única prueba de humanidad.
Y eso —por más IA que exista— todavía no se puede falsificar.








