
Un país que se desangra
Por Rubén Iñiguez
El asesinato del presidente municipal de Uruapan, Carlos Manzo, no solo duele, indigna. Nos pone frente al espejo roto de un país que parece acostumbrarse a enterrar a quienes intentan hacer las cosas bien. Tenía apenas 40 años, una vida por delante, sueños que todavía no se escribían, y una familia que hoy enfrenta la más cruel de las ausencias: la de un padre y esposo arrebatado por la violencia.
Lo mataron en un México donde la justicia se volvió discurso, donde la paz es una promesa que no llega y donde el miedo dicta la forma en la que vivimos. La muerte de Carlos Manzo no es un hecho aislado; es la consecuencia de un sistema que se desmorona, de una nación que ha permitido que el crimen organizado sea el verdadero poder que impone sus reglas y decide quién vive y quién no. Vivimos en una tierra de nadie.
Y como ocurre siempre, vendrán los comunicados, las condolencias oficiales, los discursos ensayados de indignación y compromiso. Palabras vacías que se repiten tras cada asesinato y que, una vez más, no significan nada. Porque la verdad es que al final todo se olvida. Ya abatieron —dicen— al presunto responsable, y con eso el caso quedará cerrado. Dirán que era un hombre con problemas mentales, un desequilibrado más. Y así, el Estado encontrará la forma más sencilla de lavarse las manos.
Carlos Manzo sabía el riesgo que enfrentaba. Lo dijo con claridad: no iba a negociar con los criminales, no iba a pactar con los que pudren el alma de su tierra. Y por eso lo mataron. Porque en México, tener valor y dignidad cuesta la vida. No quiso rendirse ante los “malandros”, y su destino fue el que muchos otros servidores públicos honestos han tenido: el silencio eterno impuesto por las balas.
Detrás de su muerte no solo hay una tragedia política, hay un drama humano devastador. Sus hijos crecerán con la herida abierta de no tenerlo más, su esposa cargará el peso del dolor y la impotencia. En una casa de Uruapan hoy falta una voz, una risa, un abrazo. Y esa ausencia es el retrato más cruel del México roto en el que vivimos.
El asesinato del alcalde no puede verse como un caso más en la estadística. Es el reflejo de un país donde la vida ya no vale, donde los que deberían protegernos están superados, y donde la muerte se volvió rutina. Nos hemos convertido en espectadores resignados de nuestra propia tragedia, en cómplices silenciosos de un sistema que normaliza la barbarie.
Ojalá que esta vez no se archive la memoria, que la indignación no dure solo unas horas. Ojalá que el sacrificio de Carlos Manzo sirva para despertar conciencias, para que dejemos de mirar hacia otro lado. Porque cada vez que asesinan a un hombre justo, se asesina también un pedazo de esperanza.
Pero mientras sigamos viviendo en un país donde los buenos mueren y los malos mandan, donde la impunidad es el pan de cada día, seguiremos llorando nuevas víctimas, nuevos nombres, nuevos sueños truncados. México se nos está muriendo entre las manos, y parece que ya ni siquiera tenemos fuerzas para sostenerlo.
*Espacio Televisión.
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