Venezuela entre la pasividad y la intervención: El silencio cómodo y la hipocresía conveniente

La pregunta es inevitable: ¿dónde estuvo ese celo soberanista cuando se destruyeron el poder judicial, el legislativo y el sistema electoral?
Por Mario Robinson Bours
Durante años, el pueblo venezolano sostuvo una lucha desigual y mayoritariamente pacífica contra un régimen que desmanteló la democracia de forma sistemática. Protestó sin armas, enfrentó censura, persecución y represión, mientras la comunidad internacional observaba. El mundo no fue ajeno a la tragedia venezolana: fue, sobre todo, pasivo y, en muchos casos, hipócrita.
Hoy, tras una intervención militar extrema, ese mismo mundo redescubre súbitamente su lenguaje normativo. Se vuelve a hablar de “autodeterminación”, de “vías institucionales”, de “soberanía” y de que “el pueblo decida”. La ironía es evidente. No se trata de un desenlace inesperado, sino de una tragedia anunciada y de una contradicción moral profunda.
La crisis venezolana fue ampliamente documentada. El quiebre político quedó expuesto tras las elecciones presidenciales de julio de 2024, cuya legitimidad fue cuestionada por observadores internacionales. Se señalaron irregularidades sustantivas y se reconoció la consistencia de los resultados presentados por la oposición. Nada de esto fue desconocido ni ambiguo.
La reacción ciudadana fue mayoritariamente pacífica; la respuesta del Estado, brutal. Protestas reprimidas con violencia letal, asesinatos, detenciones arbitrarias, torturas, desapariciones forzadas y juicios sin garantías ocurrieron a la vista del mundo. ¿Qué hizo la comunidad internacional? NADA.
Este era el contexto: un gobierno acusado de crímenes de lesa humanidad ante la Corte Penal Internacional, más de ocho millones de venezolanos forzados al exilio y una población empobrecida mientras las instituciones del Estado eran vaciadas de contenido. La pasividad internacional no fue ignorancia: fue temor a asumir costos políticos.
El 3 de enero de 2026 marcó un quiebre abrupto. Fuerzas especiales de Estados Unidos capturaron a Nicolás Maduro y lo trasladaron a su territorio para enfrentar cargos por narcoterrorismo. Fue una acción unilateral que violó la soberanía nacional y el derecho internacional, y que provocó una condena casi unánime.
Aquí emerge la paradoja central. Los mismos actores que durante años toleraron el autoritarismo hoy se erigen en defensores fervientes de la soberanía venezolana y del principio de no intervención. Reclaman legalidad y procedimientos con una vehemencia que estuvo ausente cuando el pueblo venezolano era reprimido por exigir derechos básicos.
La pregunta es inevitable: ¿dónde estuvo ese celo soberanista cuando se destruyeron el poder judicial, el legislativo y el sistema electoral? ¿Qué valor tienen hoy las “vías institucionales” que se invocan, cuando durante años se aceptó que dichas instituciones fueran convertidas en instrumentos de dominación? La defensa tardía de principios vaciados previamente de contenido no es coherencia: ES HIPOCRESÍA.
La tragedia venezolana expone las peores prácticas de la política internacional contemporánea: la indiferencia cómoda frente al sufrimiento prolongado y la hipocresía conveniente de quienes callaron cuando defender principios implicaba costos reales.
Cierro con esto
A los gobiernos del mundo:
Miren a Cuba.
No con diplomacia vacía, sino con responsabilidad.
Un pueblo lleva 66 años despojado de libertad, derechos y futuro. El hambre, la represión y el exilio no son fallas del sistema: son su razón de ser. El régimen cubano no sobrevive por legitimidad, sino por la fuerza interna y la complacencia externa.
Cuando la salida deje de ser interna y la desesperación empuje hacia la injerencia externa, no invoquen principios que hoy toleran violar con su pasividad.
La responsabilidad no recaerá en los pueblos oprimidos, sino en quienes, pudiendo actuar, eligieron mirar hacia otro lado.








