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No abre Ormuz, cuando los hutíes ya cierran el Mar Rojo

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Para ser los ganadores, los resultados se ven tan pobres para EE.UU:; no se observa la conquista del petróleo que parecía la panacea que llevó a Trump a la aventura, pero que en realidad fue manipulado por Netanyahu y los sionistas

 

Por Manuel Gutiérrez

Cuentan que un reportero le preguntó a Trump para qué era la guerra en Irán. Muy serio, el mandatario le contestó: “Para abrir el estrecho de Ormuz”; y el reportero le replicó: “Pero es que antes de la guerra estaba abierto”. ¡Boing!, como un absurdo de comedia, pero explica muy bien todo.

Lo gracioso del caso es que entonces la guerra no representaba ninguna utilidad para Occidente, dado que entorpeció eventos mundiales, afectó el turismo, generó inflación y una subida desmesurada de la gasolina y el gas en Europa y en el resto del mundo. Incluso en México, porque importamos el 70% de las gasolinas que se consumen desde Estados Unidos, así como el 100% del gas que consumimos porque Pemex no tiene estructura para explotarlo; todo nos llega de fuera, pero Pemex en defensa de la soberanía… (¿de quién?).

Y mientras los dos bandos se preparan para la batalla terrestre, naval, anfibia o todas las anteriores en Ormuz, viene una nueva amenaza a perturbar los planes estadounidenses de hacerse imperio en el Medio Oriente. Yemen, país de carácter revolucionario panárabe que ha estado en acciones de hostilidad desde hace un año, al mes de la guerra anuncia que entra de lleno en la contienda al lado de Irán.

Irán, por su parte, parece tener misiles sin fin y, pese a la tregua, se han dado ataques tanto a ciudades turísticas de los países árabes como a Israel por medio de Hezbolá desde el Líbano; y por otra parte, atacan las embarcaciones que juzgan enemigas en el paso del Mar Rojo. La intención de Yemen es impedir la navegación con el fin de cerrar el estrecho de Bab el-Mandeb, lo que sería, para los efectos económicos globales, el golpe de remate del colapso de la navegación mundial si llega la escala de Ormuz.

Yemen se encuentra en la parte septentrional de la península arábiga, es decir, de Arabia Saudita, con la cual comparte frontera. Limita con Omán y, en otro continente pero cercano, tiene como vecino a Etiopía, un país proislámico y con problemas con España. Por tanto, es otra llave de la navegación mundial y un Mar Rojo por donde fluyen las mercancías y el petróleo de Arabia Saudita.

Realmente, si la crisis se agudiza y se inicia una operación anfibia en Ormuz, es muy probable que Yemen cierre Bab el-Mandeb, con lo que tendríamos dos serios problemas que incidirán en efectos económicos. Es la manera en que Irán encaró la guerra: buscando que la inflación e inestabilidad del mercado mundial afecten al supuesto ganador, que es Estados Unidos.

La navegación del Mar Rojo, aparte de riesgosa, se conducirá a dar un rodeo continental por toda África para luego retomar sus rutas. Esto significa que las empresas navieras globales —que no llegan a diez, entre ellas Cosco (China), Maersk, MSC del Mediterráneo (catalogada como la más grande del mundo y de origen europeo), más Hapag-Lloyd, Evergreen, incluso la Hyundai Merchant Marine, más ONE y CMA— son las principales que mueven la mercancía en el mundo, con casi 18 millones de toneladas de carga por año (con datos del 2021) y unos 3 mil barcos a su servicio en los muelles del mundo, incluyendo a México.

El problema es que sus barcos estarán en la mira, ya sea en Ormuz o en Bab el-Mandeb, por lo que hundirse representa pérdidas enormes. Mejor es que prolonguen sus recorridos, aumenten sus costos y adicionen tiempo a la provisión de los productos que transportan, lo que repercutirá en el consumidor de todo el mundo.

Adicionalmente, sus misiles siguen llegando, y un avión de vigilancia electrónica de la USAF fue partido en dos por un misil en tierra. Realmente se desconocen los efectos que esté sufriendo la fuerza estadounidense ante la represalia iraní. Ciertamente, Rusia ha actuado mejorando los drones y misiles, ayudando a Irán a que se mantenga firme en las hostilidades, las cuales han venido a ser una forma de recuperarse económicamente y tener recursos nuevamente para aplicarlos en la guerra contra Ucrania, además de dar información estratégica actual sobre posiciones de los rivales de Irán.

Pero no lo consideran en la Oficina Oval, sin lograr nada mejor que volver a tener los pasos abiertos como se tenían antes de la guerra, sin pérdidas económicas de cifras billonarias para el mundo. Yemen ya probó la fuerza de los Estados Unidos en cuanto a ser bombardeado; pero no obstante los daños, el problema es que el pueblo y su milicia integran una fuerza conjunta, lo que no los hace susceptibles de ser sometidos por la aplicación de bombas en centros estratégicos.

La posibilidad de estrangular en otro estrecho la navegación mundial es otro de los efectos de una guerra que no debió ser, porque nunca hubo riesgo para Israel o los Estados Unidos de parte de Irán; una amenaza más inventada que patente por parte de la intervención de Trump, que actúa como chivo en cristalería. Ciertamente cambió el mundo que conocemos, solamente para mal; lo hizo más caro, más inseguro, y él mismo y su gabinete se encuentran en el laberinto de las conjeturas, sin encontrar la salida políticamente rentable a su enredo.

Por ello los expertos le advirtieron que no era conveniente hacer la campaña de Irán, pero usó “sus otros datos”. Hoy sus otros datos apenas alcanzan para una guerra para liberar lo que antes, si bien estaba amenazado parcialmente por los hutíes, ahora es un problema geopolítico que añade cargas a la situación financiera. Si se cierra el Mar Rojo y, adicionalmente, ocurre el asunto de Ormuz, ¡qué carga tan complicada! Y “cocolazos” seguros a diestra y siniestra.

Para ser los ganadores, con resultados que ocultan los daños y bajas reales, los resultados se ven tan pobres, tan magros; y no se observa la conquista del petróleo que parecía, de inicio, la panacea que llevó a Trump a la aventura, pero que en realidad fue manipulado por Netanyahu y los sionistas, que supieron inmiscuir a la superpotencia en una guerra que les resulta ajena, complicada y costosa para el mundo.

Israel sí está adiestrado en el manejo de las situaciones del Medio Oriente desde su origen en 1947, incluso como agente agresor activo y expansionista, y ha llevado con éxito una serie de guerras que le han permitido consolidarse, dominando a Egipto, Siria e Irak, antes más belicosos; pero eso es harina de otro costal para no abrumar con datos. Sabe que las confrontaciones le darán más territorio y más terror entre sus rivales, apoyándose en el poder militar que tiene y que se acrecienta con el respaldo incondicional de los Estados Unidos, que se engañaron con el espejismo del poderío militar y una campaña de una semana, máximo un mes, que ya se cumplió sin soluciones definitivas.

Me recuerda a otro dictador, Putin, que estableció una “operación especial” de ocupación de una semana para tomar Ucrania y hoy lleva a cuestas 5 años de guerra y una serie de expectativas que no son favorables, de no mediar el apoyo de Trump con su tolerancia, su complicidad y el rehusar el apoyo a Ucrania. Rusia actualmente sería motivo de una seria y significativa derrota y un frente comprometido más complicado de resolver; pero los ucranianos se reinventan hasta tres veces por año y ahora aparecen en el mundo árabe con los países ricos exportadores de petróleo en plan de alianza.

Hay que tener cuidado con los planes de guerra de una semana —y con la solución de conflictos al estilo Trump— porque en todos lados pica y en ninguno resuelve nada de fondo; crea un problema nuevo para ocultar el anterior y seguir con su narrativa triunfalista. Parece inspirado en la “4T” populista, pero sus efectos son mundiales.