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Nueva Escuela Mexicana: educar sin brújula

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Por Redacción

Los resultados de la prueba PISA 2025 colocaron a nuestro país frente al espejo. Los problemas de fondo del sistema educativo salieron a relucir, a pesar de los intentos oficiales de minimizar las cifras. La evaluación revela una falla en la ecuación y nuestros adolescentes, más allá de una mala nota, corren el riesgo de reprobar en sus oportunidades del futuro. 

México obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias, frente a promedios de la OCDE de 463, 461 y 482 puntos, respectivamente.

En matemáticas, siete de cada diez jóvenes mexicanos de 15 años no alcanzan siquiera el nivel básico de desempeño.

En otras palabras, por cada diez estudiantes, sólo tres cuentan con las competencias matemáticas mínimas que PISA considera necesarias para enfrentar problemas cotidianos y académicos. Mientras tanto, en lectura y ciencias lo hizo aproximadamente la mitad. 

El dato debe llamarnos a la reflexión porque PISA no mide simplemente la capacidad de memorizar contenidos, sino la posibilidad de utilizar conocimientos para resolver problemas y enfrentar situaciones de la vida real.

En ese sentido, no se trata solo de un tema de memorizar fechas batallas y las tablas de multiplicar, va más allá. Estamos hablando de la preparación de toda una generación y cómo puede impactar en la productividad del país. Si México pretende atraer inversiones relacionadas con manufactura avanzada, tecnología, automatización e ingeniería, necesita trabajadores capaces de interpretar información, resolver problemas matemáticos y comprender fenómenos científicos no puede considerar secundarias esas competencias.

Pero los malos resultados no comenzaron con la Nueva Escuela Mexicana. Aunque tampoco pueden convertirse en una coartada para no evaluar sus resultados.

En matemáticas, por ejemplo, pasó de 385 puntos en 2003 a 388 en 2025. Hubo años con mejores resultados, pero no una transformación sostenida capaz de acercar al país al promedio de la OCDE.

México se ubicó en el lugar 37 entre los 38 países miembros de la OCDE que fueron evaluados. 

Pero con la llegada de la Nueva Escuela Mexicana aplicada desde el gobierno Lopezobradorista, las autoridades transformaron las evaluaciones nacionales a los alumnos, luego entonces resulta complicado dónde ajustar las fallas. 

Para Alma Maldonado, investigadora del Departamento de Investigaciones Educativas del Cinvestav, resulta indispensable tener mediciones comparables y públicas, pero México desdeñó las pruebas, de tal forma que hoy el sistema prácticamente está sin instrumentos nacionales que permitan conocer con precisión la evolución del aprendizaje.

Si un médico no toma signos vitales, difícilmente puede saber si un tratamiento funciona.
Si una empresa no mide resultados, no sabe si está cumpliendo sus objetivos.
Y si un sistema educativo no cuenta con mediciones comparables, resulta mucho más difícil saber si sus alumnos están aprendiendo.

Organismos como el IMCO proponen restablecer una evaluación nacional de aprendizajes, estandarizada, comparable en el tiempo y con resultados públicos. Esto permitiría dar seguimiento a generaciones completas y contar con evidencia para orientar la política educativa, especialmente ante la falta de información nacional comparable tras la desaparición de PLANEA y Mejoredu.

Además ven necesario definir qué contenidos de matemáticas y ciencias deben enseñarse en cada grado de secundaria. 

Evaluar de manera formativa en el aula no tendría por qué impedir que el Estado disponga de instrumentos estandarizados para conocer el aprendizaje a escala nacional. El problema aparece cuando una de estas herramientas pretende reemplazar completamente a la otra.

También sería un error reducir el debate educativo a los puntajes. Los propios resultados de PISA muestran que los estudiantes mexicanos mantienen una disposición positiva hacia el aprendizaje: una amplia mayoría manifiesta curiosidad por nuevos temas y busca ayuda de docentes o compañeros cuando enfrenta dificultades. Existe, por tanto, un activo que el sistema educativo debe aprovechar.

El desafío ahora para el sistema educativo está en convertir esa disposición en capacidades concretas: comprensión lectora, razonamiento matemático, pensamiento científico y competencias digitales. Eso exige mejores prácticas docentes, formación continua, infraestructura adecuada y, sobre todo, información confiable para saber qué funciona.

PISA no ofrece por sí sola todas las respuestas ni puede convertirse en el único parámetro para juzgar una política educativa. Pero ignorar sus señales tampoco ayuda.

Medir no significa reducir la educación a un número; significa contar con un punto de referencia para identificar rezagos, orientar recursos y corregir decisiones.

Y es que en este barco educativo en el que navegan los jóvenes mexicanos, se requiere apuntar a la dirección correcta con resultados verificables, o posiblemente la nave terminará haciendo aguas.