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TÍO CHUECO

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Por Pedro Moroyoqui Durán 

Fue en el encierro obligatorio decretado por las autoridades sanitarias en el año de 2020, con motivo de la pandemia que nació esta pequeña historia, esta la publiqué para un pequeño grupo familiar de WhatsApp, el cual se formó con el fin de mantenernos comunicados y hacer más llevadero el encierro.

Temiendo que el escrito saliera más allá de los límites de nuestro pequeño grupo y con el objeto de no herir susceptibilidades, lo publiqué anónimo, pero tal y como lo había previsto, uno de los destinatarios lo compartió y al otro día apareció en las redes sociales replicado desde el otro lado de la frontera, el escrito no solo causó gracia entre los descendientes de tío Chueco, sino que lo compartieron y lo replicaron en la página de la familia Ramírez, tiempo después Jesús Alberto Pérez Nájera, editor de una revista, costumbrista e histórica llamada Pueblo mío, me invitó a colaborar, envié tres artículos, entre ellos el que presento hoy.

Don Ramón Ramírez Acuña, personaje del ayer en Huásabas, mejor conocido por sus coterráneos con el mote de “tío Chueco” nació en el pueblo de Huásabas, el 1° de noviembre del año de 1914, sus padres fueron don Manuel Ramírez Montaño, apodado tío Güichaca o Buchaca y doña María del Carmen Acuña Moreno.  

Casó en el mismo pueblo, con doña María Durazo Durazo, hija de don Trinidad Durazo Leyva y doña Teresa Durazo Velarde el 11 de diciembre de 1938, ella fue  oriunda de la Colonia Morelos, con raíces en el pueblo de Granados y de Huásabas. 

A don Ramón se le bautizó desde muy joven en el poblado con el mote de “Tío Chueco”, debido a un problema que padecía en una de sus piernas, sobrenombre que le acompañó durante toda su vida; a esos personajes se les recuerda con afecto, ellos formaron parte de nuestra infancia, con ellos crecimos el tiempo que residimos en el terruño; vecino de toda la vida, familiar y compadre de mis abuelos maternos, su casa era una extensión más de la vieja casona familiar de los abuelos, allí prohijaron a los hijos de los abuelos y luego a los nietos de su compadre y vecino, hombre hospitalario y generoso don Ramón siempre compartió la sal y la pimienta o el café con quien se encontraba de visita en su casa y si no la había salía a la calle a buscarlo.  

En sus años juveniles ejerció el oficio de comerciante, salía desde Huásabas arriando una recua de burros cargados con huevos producidos allí mismo, utilizando el ingenio transportaba esa mercancía tan frágil, colocando los huevos cubiertos con arena en unos cajones los cuales cargaba en las bestias, este producto lo comercializaba en el mineral de Pilares, en aquellos años un pujante centro minero, económico y comercial a donde acudían todos los habitantes de la sierra, algunos a ofrecer su fuerza laboral, otros como es el caso del personaje que nos ocupa, a comprar y vender mercancías, de allí traficaba en sentido inverso con artículos y manufacturas que no se producían en el poblado; en los años de la postguerra se empleó como trabajador agrícola temporal en los Estados Unidos, contratado directamente en México, para lo cual tenía que inscribirse en los reenganches en la ciudad de Empalme, Sonora, y de allí a trabajar en los campos agrícolas del Valle Imperial en la Alta California o en el estado de Arizona, a la par que combinaba el oficio de labrador en el poblado, en los años setenta, ya entrado en años, laboró como juez de aguas, es decir era el encargado de programar los riegos y repartir el agua entre los labradores del lugar, lo recuerdo montado en su caballo retinto vigilando que los riegos se realizaran con estricto apego al orden establecido.  

Hoy llegan a mi memoria algunas de las ocurrencias y anécdotas de tío Chueco que siempre sacan una sonrisa.

En una ocasión su esposa Chuliana, le exigió que tomara medidas drásticas en contra de un gato montés que estaba acabando con la cría de pollos que tenía en el corral de su casa.

—Viejo a ver qué haces con ese gato, me está acabando los pollos. —Lo interpeló escueta su consorte—.  

Ni tardo ni perezoso don Ramón hurgó en una ramada donde además de la tahona, guardaba un sin fin de cachivaches y tiliches en desorden, hasta que encontró una trampa de hierro la cual colocó y ató al pie del tronco de un frondoso mezquite donde se trepaban las aves a dormir, esperando que el felino cayera prisionero en ella, pero su esposa lo espetó de la siguiente manera:

—¿Y si cae el gato de la casa Ramón? —Se refería al gato casero, doméstico—.

Don Ramón no dijo nada se limitó a cubrir la trampa con una tina de lámina a fin de evitar que el gato casero cayera en la misma, pero no reparó que cubierta como estaba la trampa, no podía atrapar ni al gato ni a ningún otro animal, por la tarde llegó don Ricardo Durán, su compadre, a averiguar cómo seguía la disputa que liberaba tío Ramón con el depredador, al enterarse el abuelo de las acciones emprendidas por tío Chueco, con una fuerte dosis de sarcasmo dijo:

—¿Y cree usted compadre que el gato montés, se va a parar al pie del mezquite, va a levantar la tina que cubre la trampa y meter la mano para quedar atrapado?

Años más adelante, a finales de los años sesentas mi madre invitó a don Ramón a que apadrinara a uno de sus hijos que lamentablemente tuvo una existencia muy efímera, falleció al mes de nacido, cuando se enteró doña Chuliana, la esposa de don Ramón, reconvino severa a mi madre diciendo:

—Pobre niño, eso fue la causa de su muerte con esos padrinos tan viejos y tan feos que le escogiste, como se te ocurrió elegir a mi viejo y a Ernesto de la Gerarda, por eso se murió el pobre. 

Vecino de toda la vida de los abuelos y relacionado por lazos de compadrazgo con mis padres, en otra ocasión llegó de visita a mi casa, pasado de copas, ya para despedirse mi madre lo instó a que regresara a su vivienda y no se desviara un ápice del camino.

—Váyase derechito a su casa compadre, don Ramón ni tardo ni perezoso respondió con una lógica impecable:

—¿Cómo quiere que me vaya derecho comadre si estoy chueco?

Al igual que muchas de las familias de Huásabas de aquellos años, salían a sentarse en las acercas de sus casas por la tarde noche en temporada de calor, huyendo del sofoco del interior de la vivienda, ya que ahí soplaba el aire y refrescaba el lugar, aún no llegaba el servicio de energía eléctrica con que refrigerar las viviendas, la familia Ramírez hacía lo mismo, luego salían otros vecinos con sus respectivas sillas con la misma intención a sentarse fuera de sus casas, luego se agregaban al grupo y se armaba la reunión. 

Era esa época de acendradas costumbres religiosas, los anfitriones aprovechaban la reunión informal de vecinos para rezar el santo rosario, devoción que no era del agrado de tío Chueco, el cual salía sigilosamente de la ronda de vecinos a fin de pasar inadvertido por su mujer y liberarse del rezo, con el fin de dirigirse a la esquina que formaba la casa de tío Ferre, centro de reunión de los antiguos pobladores de esa parte de la calle ancha, pero inadvertido no podía pasar, necesariamente tenía que caminar por en medio del grupo, así no podía pasar desapercibido, inmediatamente su esposa se percataba de sus intenciones, lo asía de los faldones de la camisa que siempre traía desfajada, lo jalaba y de un tirón lo sentaba en la primera silla para obligarlo a rezar, de nada le valían protestas, lamentos y quejas a tío Chueco.

—Ah como me “repuna” esta mujer, “nomás” sabe hacer atol, cocer quelites y rezar el rosario yo creo que mejor la voy a cambiar por la Machú del Ferre o por la Auxiliadora Moroyoqui.

Exclamaba don Ramón, que nada tontito escogía a las mujeres más guapas del lugar para cambiarlas por la suya, pero a doña Chuliana, su mujer, no le causaban ninguna gracia los comentarios de su marido ni tampoco se inmutaba con la amenaza de ser cambiada por otra e iniciaba el rezo del rosario, al llegar a las letanías soltaba las preces en lengua latina, una tras otra, al escuchar el monótono sonsonete de la rezadora, tío Ramón inmediatamente se quedaba dormido.

Al percataste la rezandera que su esposo permanecía mudo y no contestaba las preces ya que dormía el sueño de los justos, sin aviso previo, torcía un pellizco en la parte blanda de los muslos, ante ese despertar tan abrupto, tío Chueco inmediatamente contestaba las letanías del rosario en la misma lengua de Virgilio.

—Ora pro novis María, ora pro novis, (ruega por nosotros).

En sus años de mocedad tío Chueco pretendió a una hija de don Juan Castañeda, llamada María Magdalena, apodada “La Reina”, eso le valió el honor de ser incluido en el famoso corrido, en uno de sus versos se le menciona:

Tío Chueco y la reina salieron gritando

Por Dios padre mío, ¿por qué vas volando

Tío Chueco y la reina se iban a casar

la reina pregunta ¿quién va a apadrinar?

contesta tío Chueco, yo no quiero atraso

quiero de padrino a Venancio Durazo.

Ninguna de las viviendas de Huásabas que se construyeron antes del año del año de 1958, en que se introdujo el servicio de agua potable al poblado, estaban diseñadas para albergar en sus instalaciones un baño, tuvo que transcurrir más de una década para que algunas familias empezaran a acondicionar algún espacio donde instalarlo, mientras tanto cada quien se bañaba como y donde podía, si se decidía por hacerlo en casa. El procedimiento era el siguiente: había que extraer varios cubos de agua de una noria, hasta llenar una tina de lámina colocada en alguna habitación de la vivienda, si la temporada era de frío, había que calentar agua en dos botes mantequeros cuadrados, colocarlos sobre en una hornilla de leña, una vez que estuviera suficientemente caliente cuartar el agua fría con la caliente en la tina para proceder a bañarse a jicarazos. 

Si se quería evitar esa engorrosa labor, otra de las opciones era recorrer los cuatro kilómetros y medio que separan al poblado del manantial Agua Caliente para allí tomar un baño en sus aguas termales, aunque muchas veces había que esperar a que las lavanderas que acudían a esta fuente a lavar su ropa, terminaran su labor. La otra era zambullirse en las aguas del río o de cualquier canal de red que atravesaban el pueblo.

Quizá por esta complicada labor tío Chueco era un tanto reacio al baño, aunque había que abonar a su favor que no era el único, todos los habitantes de Huásabas en esos años tomaban un baño cada sábado, se requiriera o no y esto debido a que había que presentarse razonablemente aseado a la misa dominical.

En uno de tantos sábados Doña Chuliana, su mujer, esperaba el regreso de tío Chueco de la milpa, con dos botes con agua puestos a calentar sobre la lumbre.

Cuando llegó su marido, doña Chuliana se dirigió a él:

—Ahí tengo puestos en la hornilla dos botes de agua para que te bañes viejo.

Aunque no fue muy del agrado de tío Chueco la insinuación tan directa de su esposa, este no objetó nada, sacó un espejito quebrado que guardaba en un vieja petaquilla, vertió un poco de agua sobre una bandeja de peltre un tanto despostillada, un mechón de pelo cayó sobre su frente al echarse el sombrero hacia atrás, se arremangó las mangas de su camisa y con una gasta de jabón procedió a enjabonarse la cara, únicamente en el área donde brotaba la barba, acto seguido sacó un rastrillo, colocó una navaja de afeitar en su interior y procedió a rasurarse, una vez concluida su faena, satisfecho con los resultados, se dirigió a su esposa, orgulloso, exclamando:

—Ahí tienes un hombre aseado María.

Al percatarse de que tío Chueco solo se había lavado la cara, Doña Chuliana, exclamó furiosa:  

—Perro viejo cochi.

Creo que tío Chueco fue un hombre feliz, tal vez debido a su filosofía de vida de no complicarse demasiado la existencia y no tomarse las cosas demasiado en serio, por lo menos así lo manifestaba cuando salía silbando a la calle alegre y despreocupado.

En paz descanse tío Ramón, este falleció el 23 de enero de 1983, en el pueblo que lo vio nacer privándonos a todos los que lo conocimos de su inolvidable presencia, su esposa le sobrevivió varios años más, falleció a finales de la década de los noventas del siglo pasado.