Zarifa Ghafari, una de las primeras mujeres alcaldesas de Afganistán.
ColumnasPrincipalesSEMANARIO

Apartheid de género

103views

“Vendrán por gente como yo y me matarán”

—Zarifa Ghafari 

 

Por Sandra Karina Ibarra Carbajal

Han transcurrido cinco años desde que una mujer tuvo que esconderse en el piso de un automóvil para atravesar Kabul. No era una delincuente, tampoco una combatiente. Era Zarifa Ghafari, una de las primeras mujeres alcaldesas de Afganistán.

Había gobernado Maidan Shahr, una ciudad conservadora. A sus 27 años era ya una sobreviviente de amenazas y atentados. Su padre había sido asesinado en 2020. Cuando los talibanes recuperaron Kabul aquel 15 de agosto de 2021, Zarifa entendió que todo aquello que había representado —una mujer joven, educada, independiente y ejerciendo poder público— podía convertirse en una sentencia de muerte.

Inmortal aquella frase escalofriante pronunciada por Ghafari en las horas posteriores a la caída de Kabul: “Vendrán por gente como yo y me matarán”.

Logró escapar hacia Alemania, hoy continúa viva y vinculada a la defensa de los derechos de las mujeres afganas.

Afganistán: cinco años borrando mujeres

Imagina que eres mujer, médica, abogada, periodista, escritora, política, empresaria, jueza, profesora, alumna, en general libre para ser y soñar lo que tu imaginación y esfuerzo quieran alcanzar.

Imagina también que el gobierno de tu país cambia abruptamente al grado de que temes perder la propia vida por el simple hecho de ser mujer en pleno ejercicio de tus derechos.

La escena no es ficción, es una escalofriante realidad. 

Lo vivió Ghafari y millones de mujeres en Afganistán a raíz de la reinstauración del régimen talibán en agosto del 2021, aquella escena protagonizada por la alcaldesa fue el preludio de la situación de las mujeres afganas de los últimos cinco años: una

mujer que había llegado a gobernar una ciudad tuvo que hacerse invisible para poder sobrevivir. Eso fue precisamente lo que ocurrió después con millones de mujeres.

En principio se cerraron las escuelas secundarias para las adolescentes, después las universidades para las mujeres. Llegaron las restricciones al trabajo, a los desplazamientos, a los parques, a los gimnasios y a otros espacios públicos. Se

impusieron nuevas reglas sobre vestimenta prohibiéndoles mostrar el rostro e incluso expresarse verbalmente en público.

Les arrancaron la voz no sólo en sentido figurado sino incluso literal.

Forzoso acompañamiento masculino en público. Surgió el Decreto número 12 que elimina formalmente la igualdad entre hombres y mujeres al permitir que los maridos impongan castigos, incluida la violencia física en el hogar.

Una prohibición siguió a otra hasta construir algo más sofisticado que una suma de restricciones, se trata de un sistema de dominación y exclusión de la mitad de la población, por el solo hecho de ser mujeres.

ONU mujeres describe la situación actual como la crisis de derechos de las mujeres más grave en el mundo. En un país en el que los servicios para mujeres deben ser proporcionados por mujeres, la paradoja es grande porque hay cada vez menos médicas o abogadas, lo cual vuelve la subsistencia y acceso a la justicia en algo prácticamente inalcanzable.

Si eres mujer en Afganistán, en gran medida, enfermar es sinónimo de morir en tanto que, las mujeres no pueden ser atendidas por médicos varones.

Organismos internacionales, juristas y defensoras de derechos humanos utilizan ya una expresión de mayor calado: apartheid de género que consiste en transitar de la discriminación a la institucionalización de un régimen en el que el sexo determina prácticamente las posibilidades de existencia de una persona.

Nacer mujer significa no poder estudiar después de determinada edad; no poder ejercer numerosas profesiones; no desplazarse libremente; no decidir cómo vestirse; no tener voz ni participar plenamente en la vida pública; morir de la enfermedad más sencilla por falta de atención médica oportuna y adecuada; sufrir violencia intrafamiliar porque así lo autoriza la ley.

Han transcurrido ya cinco años del ostracismo que viven las mujeres en Afganistán y el daño se vuelve generacional, arrebatando a las niñas la posibilidad de imaginarse a sí mismas con un futuro lleno de posibilidades para ser quien quieran ser.

La indiferencia ante crímenes de lesa humanidad nos deshumaniza y normaliza la crueldad en cada ámbito de nuestras vidas.

Escribo estas líneas un 15 de agosto del 2026, cinco largos años desde la instauración del apartheid de género en Afganistán y como el primer día, sigue estremeciendo el llamado de resistencia de las mujeres: “Vendrán por gente como yo y me matarán”.

*Jueza de Distrito del Poder Judicial Federal.

Columnista y activista por la democracia y derechos humanos.

X @sandrakarinaib3