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La demagogia del paraíso terrenal

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Por Ing. Fernando Gallardo Ybarra

Era una fría noche de febrero; la humedad y la neblina cargaban el ambiente de cierta pesadez e incertidumbre. Los actores, vestuaristas y tramoyistas de la compañía de teatro acompañaban en procesión el ataúd del difunto mientras el sacerdote rezaba: «Requiem aeternam dona eis, Domine» (Concédele, Señor, el descanso eterno). Unos días antes, en el Teatro del Palacio Real, Molière —el célebre dramaturgo francés— terminaba la presentación de su última obra, “El Enfermo Imaginario”. Los protagonistas hablaban así de la falsedad:

Beraldo. —En el instante de vestir los manteos y calarte el birrete, adquieres todos esos conocimientos.
Argante. —Pero ¿con sólo vestir los hábitos se sabe medicina?
Beraldo. —¡Claro…! Con una toga y un bonete, todo charlatán resulta un sabio, y los mayores desatinos se admiten como cosa razonable.
Antonia. —Además, con esas barbas ya tenéis la mitad del camino ganado; unas buenas barbas hacen a un médico.

Al finalizar el tercer acto de su obra, como el personaje Argante —un hipocondríaco de buen corazón—, Molière empezó a toser de manera incontrolable; no se había repuesto de la tuberculosis. Murió en su casa unas horas después, el 17 de febrero de 1673. Habían transcurrido poco más de treinta años del establecimiento de la monarquía absoluta en Francia, lograda por el controvertido Cardenal Richelieu. Un absolutismo que degeneró en una monarquía corrupta, ineficiente, injusta, arbitraria y anacrónica, que escindió la relación rey-súbdito, creando las condiciones sociales que desembocaron en la Revolución francesa.

En los tiempos de Molière, el protestantismo había proliferado mucho —a pesar de los titánicos esfuerzos del concilio ecuménico de Trento—, a consecuencia de la corrupción de la nobleza, de algunos reyes y de una parte del alto clero, provocando daños terribles al catolicismo… Tengo afecto por aquellos artistas que, mediante su obra, muestran verdades y principios universales; especialmente, aquellos literatos que arriesgan todo por mostrar los vicios y pecados de la época, así como de viva voz combatí la idolatría del reino del Norte en tiempos de Acab. Y este pobre literato que velamos hoy al cobijo de la fría y húmeda noche, este hombre que velamos hoy sin pompa y sin multitudes, nos advirtió a todos sobre un tipo de individuo muy peligroso: nos previno de los tartufos.

Tartufo es el hipócrita consumado: un impostor que encarna la disociación entre apariencia y realidad, tema central del teatro de Molière. Su nombre deriva de tartuffe (trufa, en francés), un hongo que crece oculto bajo tierra, simbolizando su naturaleza escondida y parasitaria. Molière, en su obra “El Tartufo”, lo construye como un villano astuto y calculador, maestro del disfraz moral, cuya hipocresía se revela gradualmente a través de escenas de ironía dramática y desenmascaramiento; como la famosa escena en que intenta seducir a Elmire mientras Orgón escucha, escondido.

Hace unos días estuve en una reunión que se llevó a cabo en la India. El tema fue el impacto de la llamada Inteligencia Artificial. Asistieron más de veinte mandatarios de diversas naciones y jefes de grandes compañías tecnológicas… ¡Cuánta hipocresía!… Y no me sorprendió atestiguar el nivel de falsedad; tantas son las cosas que he visto durante siglos. Lo que me sorprendió ver, lo que no tiene precedente, es que la mentira se haya convertido en parte del ritual obligatorio de los círculos de poder… En esa reunión participó el tartufo Emmanuel Macron, mandatario del pueblo francés, con un discurso cargado de demagogia; un discurso lleno de hipocresía.

Macron manifestó una preocupación por los niños ante los riesgos a los que se enfrentan al utilizar las modernas tecnologías electrónicas, sobre todo esa llamada inteligencia artificial. Esos riesgos son verdad; yo veo todos los días cómo las mentes de las nuevas generaciones están siendo moldeadas en esas pantallas. Es verdad que se tiene que hacer algo. Pero lo de Macron es sólo un discurso demagógico: a este tartufo no le importa ni le preocupa lo que le pueda pasar a los niños con esas tecnologías. Es un empleado al servicio de la diabólica casa Rothschild.

Ya Molière nos advertía de estos tartufos, de estos demagogos que van a decir todo lo que tengan que decir, hablar lo que tengan que hablar y actuar lo que tengan que actuar con tal de seguir manipulando a la gente. Macron decía en el discurso:
“Y estamos listos para tomar todas las acciones necesarias para garantizar que nuestros jóvenes ciudadanos estén verdaderamente seguros, y queremos colaborar con todos los socios dispuestos a hacer realidad esta visión para todos. Y esta es una nueva coalición de los dispuestos, con el fin de proteger a nuestros niños y adolescentes. Proteger a nuestros niños no es solo cuestión de regulación: es civilización”.

Estos tartufos y demagogos que nacieron en las logias, estos tartufos y demagogos de la Ilustración, estos tartufos y demagogos que les juraron a los pueblos igualdad, libertad y fraternidad, son responsables de la persecución, muerte, enfermedad, miseria y condenación de millones de almas. ¿Por qué los pueblos los siguen escuchando y siguen creyendo en ellos?

Es cierto: presencié la decadencia de las monarquías católicas; el hambre, la miseria, las enfermedades y la guerra asediaban a los pueblos católicos. Presencié la traición a la autoridad, otorgada por Dios, por parte de cardenales, obispos, reyes y nobles; pero había fe en el pueblo y muchas almas se purificaron y partieron a la patria celestial. En cambio, los demagogos que tomaron las riendas de los pueblos católicos después de la caída de las monarquías engañaron a todos ofreciendo un paraíso terrenal que nunca llegaría. Porque, a más de dos siglos de estas revoluciones liberales, las promesas aún siguen sin cumplirse: el mundo católico compró la idea demagógica de un paraíso terrenal y, en el camino, se le olvidó que este mundo no es el hogar definitivo.

Molière fue también actor; fundó una exitosa compañía de teatro; criticó los vicios de la sociedad francesa, sobre todo de la alta sociedad. Y, al morir, algunos altos prelados del clero francés se negaron inicialmente a darle sepultura cristiana porque, en esos tiempos, el oficio de actor era considerado inmoral, y Molière, el escritor del tartufo, como no renegó formalmente de su profesión de actor, no podía recibir los auxilios y el ritual fúnebre católico. ¿Cómo podría haberse concedido él tremenda hipocresía? Así fue que su viuda tuvo que pedir la intercesión del rey para que se le permitiera darle cristiana sepultura en campo santo. Y aquí estamos, en esta fría y húmeda noche de febrero, en París, despidiendo a este hombre imperfecto y pecador que anticipó, un siglo antes de las revoluciones liberales, a los tartufos de los pueblos, a los demagogos que vendieron y siguen vendiendo el paraíso terrenal. No. 4

*Coordinador del club de liderazgo Jaguares y Águilas