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La petroguerra, papel de Rusia secundario

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Los efectos de la guerra van primero a los combustibles, luego a los alimentos e incluyen fertilizantes y una escalada de inflación

 

Por Manuel Gutiérrez

CNN acusó a Rusia de intervenir en la petroguerra de Irán, señalando posiciones militares de los aliados en diversos puntos del Medio Oriente. Posteriormente, volvió a presentar trabajos al respecto acusando a Rusia de alentar y orientar el uso de drones con información de los objetivos de los aliados. Si bien Rusia está tirando la piedra y ocultando la mano, su papel es definitivamente secundario.

Durante la visita de Zelensky a Francia, en el encuentro con el presidente Macron, Zelensky volvió a tocar el tema para ratificar las informaciones al respecto y lamentar la licencia que se otorgará a Rusia de manera temporal para volver a comercializar gas y combustible con motivo del bloqueo del estrecho de Ormuz, lo que puede revivir la “flota fantasma”.

Ucrania resultó un as en la petroguerra por su conocimiento en el combate de drones —que son iraníes en su mayor parte en la ofensiva rusa—, logrando neutralizaciones de hasta el 80% con medios tan raros como drones caza-drones, interferencias electrónicas, cañones antiaéreos, ametralladoras pesadas, escopetas y tiradores; en fin, una mezcolanza que todo el Medio Oriente reclama. Son 11 los países a los que Ucrania auxilia, desde los árabes ricos hasta Israel, porque todos están enfrentando los drones de Irán.

Obviamente, esto resultará en apoyos para la causa de Ucrania y Rusia pierde otro aliado clave en esa guerra. Por ello, Irán pone sus ojos en Ucrania y la señala como otra enemiga. En caso de guerra terrestre, el planteamiento iraní será del modelo ruso, porque fueron sus maestros, y en eso Ucrania sabe cómo neutralizarlos también.

Indicó que esto le proporcionará a Rusia —totalmente quebrada económicamente— recursos por 10 mil millones de dólares que se convertirán en suministros de guerra para usarse contra Europa y, de alguna forma, contra los aliados, porque Putin considera un gran aliado a Irán; aunque es decepcionante el papel que juega como potencia mediocre, no como el jugador de peso en el tablero con capacidad de modificar la partida. Hechas estas advertencias, vamos al fondo de la petroguerra, o sea, el ataque de Israel-Estados Unidos contra Irán.

Bombardear no significa resolver

Trump, al final de cuentas, descubrió los límites del bombardeo estratégico, que si bien causa severos daños industriales y económicos y destruye las ciudades enemigas, no resuelve el conflicto iniciado. Esto es luego de casi 6 mil operaciones de bombardeo realizadas en las que los objetivos previstos fueron alcanzados: 60 barcos iraníes destruidos, bases aéreas y plataformas de misiles. Así como crímenes de guerra de Trump, dado que usó misiles de crucero contra escuelas iraníes, ocasionando la muerte de 140 alumnas menores; aunque negó el propósito, los residuos del misil confirmaron que era un misil Tomahawk, incluso con datos de los fabricantes y la fecha de construcción. Solo le faltaban las etiquetas de “caducidad”, “exceso de azúcares”, “sodio” y “exceso de calorías”, para hacer un mal chiste que no quiero evitar.

Crimen que quedará impune dentro del marco de la guerra en la que solo los perdedores asumirán las consecuencias. Pero hay algo que mostró Irán: con motivo de una fecha religiosa, millones de iraníes, su presidente y dirigentes del país desfilaron por las calles. Para ser un país derrotado, que ya fue destruido por los bombardeos estratégicos, la verdad es que está incólume.

Si Trump supiera historia, sabría que los bombardeos en la Segunda Guerra Mundial destruyeron las ciudades alemanas, las industrias y los energéticos, pero su población siguió siendo fiel al régimen nazi, que solamente pudo ser liquidado con la invasión del este por la URSS y del oeste por los angloamericanos y sus aliados. Vietnam, incluso con el uso por décadas de bombardeos masivos (aunque con santuarios, límites y lugares que no podían ser tocados, en una concesión absurda), no logró romper la ruta de Ho Chi Minh. Con la retirada militar de los estadounidenses vino el desplome de Vietnam del Sur, la caída de Saigón y la unificación del gobierno del norte, amparado por China y Rusia, y que finalmente maneja el comunismo en lo político y el capitalismo y apertura a la inversión extranjera en lo económico. Esto lo consiguen a costa de países como México, que deja ir oportunidades por falta de claridad y condiciones jurídicas claras. El gobierno nuevo de Vietnam ha mostrado un enorme pragmatismo pese a su estilo monolítico de gobierno, e incluso cierta independencia de China y de Rusia con sus políticas propias.

Estados Unidos hace guerras a medias con objetivos económicos. El bombardeo a la isla de Kharg, punto neural de la red de distribución del petróleo iraní, fue castigado en instalaciones militares, pero no tocaron los depósitos petroleros, ninguno.

Israel, en cambio, fue más feroz, con una campaña salvaje que destruyó refinerías y depósitos de petróleo, con el efecto de contaminación al mundo, sin comprender que finalmente serán reutilizados para beneficio de Estados Unidos y principalmente de Israel en cuanto a recibir parte de los beneficios financieros.

Israel realiza una operación a gran escala en el Líbano con una operación terrestre, con la idea de destruir a Hezbolá, lo que ha intentado en invasiones anteriores sin resultados. Es decir, efectivamente, Irán ha sido destruido y bombardeado, pero su población existe y tiene una determinación que no se logra soltando bombas.

Ese es el problema de la petroguerra: ganes o pierdas, cuesta. Y a los Estados Unidos les representa un 15% de bonos del Tesoro y un fuerte compromiso de su capacidad de endeudamiento; los efectos económicos pueden ser más intensos y perceptibles para Occidente que para Irán, que incluso suma a Ucrania entre la lista de sus enemigos y la considera un blanco legítimo si pudiera hacer llegar sus misiles hasta ese lugar. Los bloques están muy claros y solo no los ve quien no quiere, como Claudia Sheinbaum.

Ahora, luego de los ataques al portaaviones Lincoln —que ha salido de foco de las noticias— y el incendio del Ford, los portaaviones de Estados Unidos y sus flotas, sumando incluso al Charles de Gaulle y su escolta naval, no resultan suficientes para liberar Ormuz, por lo que se pide que se sume hasta la flota china para liberar este paso definitivo que está produciendo una erosión económica mundial.

Incluso en México, con la gasolina roja a 28 pesos (pero se estima que podrá llegar a 30), el gobierno de Sheinbaum determinó proteger a los consumidores con vehículos menos recientes, en una clara preferencia a la chatarrización y al uso de modelos atrasados, castigando a los nuevos aunque sean modelos económicos y de precios accesibles; un criterio muy atrasado.

Incluso debieron pensar en subsidiar el diésel, combustible con el que se transportan las mercancías y alimentos que el país consume con su flota carguera, y que serán más caros por el incremento del precio similar a la gasolina roja o Premium por tener unos cuantos octanos más en su calidad, pero exigida por los motores nuevos aun en modelos económicos. Pobreza de visión y de capacidad de análisis del gobierno de la 4T.

La petroguerra no termina entonces, y su alargamiento genera costos en Europa, en Estados Unidos e incluso hasta nosotros llega el impacto. El efecto de contaminación no solo lo padece Irán al ser causado por Israel, sino que lo padece todo el mundo. Pero la “bomba” no explosiva sino económica llega a los bonos del Tesoro de los Estados Unidos, que deben capitalizarse por los gastos de una guerra que se está alargando, y para ello suben los intereses incluso en un 4%.

Los efectos de la guerra van primero a los combustibles, luego a los alimentos e incluyen fertilizantes y una escalada de inflación. La parte no escrita del conflicto es que los efectos de la guerra en Irán pueden deteriorar a los mercados mundiales. Ahí es donde la narrativa de más bombardeos resulta ineficaz, porque los efectos no son los deseados, sino adversos.

La destrucción del enemigo es un hecho militar en cuanto a su capacidad operativa, pero no a su resistencia. Lo que no se controla es la economía como efecto del conflicto, y esta, con sus resultados, impone narrativas que matan el triunfalismo de Trump o que no justifican el militarismo judío, porque el mundo tiene que pagar el gusto y el gasto.

La pregunta ronda: ¿por qué Trump no advirtió y exigió la rendición de la fragata de Irán hundida frente a Sri Lanka? Simplemente dijo: “Hundirla es más divertido”.

La petroguerra, entonces, ya no permite aplicar el pronóstico de “no pasa nada y todo se resuelve bien a corto plazo”. Ahora está vigente el de mediano plazo con el precio del barril de “oro negro” en 70 dólares; pero casas como Goldman Sachs, en el escenario malo, pronostican hasta 140 dólares por precio del crudo, inflación y un costo del PIB para Europa que descenderá al 0.8%, lo cual es muy bajo.

Es decir, en el mundo ajeno no caen bombas, pero los daños a la geoeconomía son inevitables, y eso debió pensar Trump, que ya sabemos que no lo hace. Hoy estamos en el escenario “malo medio”, pero el extremo se está volviendo real. Armar una flota multinacional, quitar desconfianzas, mostrar claridad y conjuntar barcos “está en chino” (y por la flota china). Podrán sumar a Francia, Alemania, España, Italia, pero NO será una operación fácil mientras los días pasan. Irán ha sido bombardeado, pero está intacto, decidido y simplemente supliendo un líder muerto con otro, y regresando las ofensivas con sus misiles.

No, no podrá ser una tecnoguerra limpia de gran carga tecnológica. Tendrán que entrar por tierra y ahí la experiencia puede ser muy compleja porque, repito: no es lo mismo conquistar como lo hacía Roma —que dejaba estructuras económicas intactas, movía algunas piezas de gobierno y dejaba todo como estaba, respetando hasta los cultos de los pueblos conquistados y sus sistemas jerárquicos para tener una recuperación y rentabilidad de la guerra—.

El otro caso es una guerra de exterminio: los costos se elevarán a billones; habrá efectos adversos como ya se sienten en la economía mundial, el medio ambiente, la seguridad y la prosperidad de muchos negocios y sectores, como el agrícola y el turístico, por no menos de 30 años, sobre todo en Oriente Medio y Europa.

Es decir, Roma, que sepamos, solo hizo una guerra de exterminio: Delenda est Carthago (Cartago debe ser destruida). Porque no podía haber dos líderes en el Mediterráneo, su mare nostrum.

Ahí, luego de que Aníbal les “puso las peras a veinte” y llegó a las puertas de Roma, se enconó un odio total que generó el exterminio de la colonia portuaria y navegante de Cartago, que dicen era de pueblos fenicios y judíos, y que disputaba el control del mundo con Roma. De todos modos, fue una campaña costosa y muy dolorosa, aunque sí borraron a Cartago del mapa; pero era una guerra que todo romano entendía y quería, y extinguieron una civilización, nada menos.

Aquí, ahora, no es tan fácil pensar lo mismo con Irán, porque Estados Unidos quiere beneficios, no un cementerio que le puede costar el poder a Trump y sus aliados judíos.

No es Cartago. No puede haber otro Cartago en el siglo XXI porque nos costaría a todos. El petróleo solo debe estar en los tanques de los vehículos, no ardiendo estúpidamente.