
El Emperador ofende al Papa
Fue un general genial, estratega y visionario, pero también un hombre de una soberbia del tamaño del imperio
Por Manuel Gutiérrez
La gran ofensa. ¿Hay algo nuevo bajo el sol?
Napoleón Bonaparte invitó al Papa Pío VII para que lo coronara como su majestad imperial de Francia. El Papa aceptó forzado, sin imaginarse lo que sucedería durante ese acto solemne. La sede fue la histórica catedral de Notre Dame, en París. La ceremonia y la liturgia transcurrieron con apego a la normalidad hasta llegar al acto sagrado de coronación.
Corría el año de 1804. El Papa tomó la corona imperial y se aproximó al futuro emperador con pasos lentos, cargando la joya que, aunque no era pesada, sí gravitaba sobre el simbolismo del acto a realizarse.
Por la tangente, un poco
Napoleón tenía en esos tiempos al mejor ejército del mundo, la Grande Armée, que fue capaz de llevar a Egipto, en África, y arengarlos frente a la pirámide de Keops con un discurso que se me grabó cuando en la secundaria de antes —que sí enseñaba muchas cosas— los fieles soldados, formados con gran orden y disciplina bajo el ardiente sol, despedían brillos de los sables, de las lanzas de la caballería y de las bayonetas caladas en los fusiles, que eran las armas más mortales de su época y usados a la manera napoleónica: un relámpago mortal.
“Soldados de Francia, setenta siglos de historia os contemplan, sed dignos de ella”, dice González Blackaller en su texto de historia que tal vez ahora esté descontinuado, y la Nueva Escuela Mexicana cree que Napoleón es quien canta.
Los soldados navegaron y caminaron hasta Egipto. Napoleón tenía mucho sentido del manejo de imagen, del mensaje y el medio; adicionalmente, llevó a su Armée desde las estepas de Rusia hasta los ardientes desiertos y las bellas capitales europeas que cayeron, una a una, ante su empuje.
España vivió momentos inolvidables de esa dominación napoleónica, narrada magistralmente en la rebelión que pintó Goya y en “Un día de cólera” de Arturo Pérez-Reverte, cuando los puñales de los aventureros de las calles se cubrieron de sangre para lavar las ofensas a la patria española.
Fue una dominación generada desde la Revolución francesa, aunque fuera un regreso al estado monárquico con signos de los tiempos modernos. Guillotinas usadas en cantidades industriales con matanzas masivas de nobles, burgueses, curas y todo lo que pudiera ser apuntado como enemigo de la revolución; y luego matanzas del ejército ejecutadas con toda eficiencia, como fue la sofocación en sangre de la rebelión de los chuanes en la matanza de La Vendée
Bueno, ya tienen una idea de quién fue Napoleón y qué pasó con la Revolución francesa. Fue un general genial, estratega y visionario, pero también un hombre de una soberbia del tamaño del imperio. Como gobernante, fue un despiadado dictador, un conquistador que con las bayonetas cambió el orden mundial y por un rato detuvo la evolución al liberalismo y la democracia, frutos de la Revolución francesa que se cosecharon en medio de un lago de sangre y de matanzas sistemáticas.
Masacres que anticiparon el nuevo método de gobernar y eliminar opositores en las revoluciones del siglo XX, como con la Revolución mexicana y luego con la revolución bolchevique. Los pogromos llegaron con la “igualdad, legalidad y fraternidad” para matar por sector, profesión o confesión.
Regresemos a la coronación: la gran ofensa
En eso estábamos, en Notre Dame, cuando estando hincado en un reclinatorio, Napoleón se puso de pie con su manto de armiño de intenso rojo rey con las flores de lis de Francia. El Papa Pío VII se quedó estupefacto, con la corona en alto sostenida con las dos manos.
Napoleón se puso frente a frente, dio un corto paso con zapatillas de piel color rojo, con lo mejor de la moda de la época. Y le arrebató la corona. “Presta para acá, es mía”, pudo haberle dicho algo parecido. Luego se la ciñó de pie, mostrando al mundo que ningún poder divino le adjudicaba el poder logrado por las guerras.
Hay una pintura hermosísima de 1806, réplica de la original en el Louvre, que vi en Versalles, pintada por Jacques-Louis David —pintor oficial de la era napoleónica— con una representación colosal de ese momento. El Papa, sentado, observa el movimiento del emperador que se acerca a Josefina, profundamente inclinada en reverencia al honor y dignidad por recibir: la coronó Napoleón. Un obispo de París, con semblante escéptico, sostiene una Cruz Alta.
Napoleón toma la corona y la pone en la testa de la mujer que lo volvió más loco que las guerras, entre celos y —se dice— cuernos… dejemos el chisme y volvamos a la historia. Un episodio lamentable, sin duda, entre Estado e Iglesia. Pero desde entonces “se cocían habas” de la misma manera que en nuestro tiempo.
Hay que señalar que el temido Hitler fue tan respetuoso como el fascista Mussolini del Estado
Pontificio, y nunca cruzaron la frontera, una línea de pintura frente al conjunto de la Basílica de
San Pedro. Ambos dictadores, si bien no se sometieron a la enseñanza pontificia o sus recomendaciones, aceptaron por la vía diplomática el intercambio de acciones que liberaron gente, incluso judíos capturados, por mediación del Vaticano; todo se dio en una forma, digamos, civilizada. Hitler no llegaba tan lejos; era más decente en las formas que… otros. Quiere decir que los dirigentes actuales son peores. Más patanes.
Sigamos. Napoleón llegó más lejos en 1809 al obligar al Papa Pío VII a firmar tratados que
cedían la soberanía territorial del Vaticano y el control eclesiástico, pero lo hizo firmar por la
fuerza.
Los historiadores detallan las humillaciones y presiones psicológicas empleadas en contra del Romano Pontífice. La querella partía de la negativa de apoyo de Roma para atacar a Inglaterra en todos los sentidos, así como para anexarse los terrenos que eran la sede del culto religioso en forma principal.
El Papa Pío VII “los tenía bien puestos”. No dudó en usar su poder espiritual contra el conquistador, aplicándole la pena de excomunión, dejando a Napoleón fuera del beneficio espiritual como parte de la Iglesia.
Esto causó su ira y envió al general Radet al bello Palacio del Quirinal —en el que hoy despacha Giorgia Meloni— y de ahí sacaron por la fuerza al Papa, que fue trasladado hasta Francia, prisionero conducido en una “Julia” de la época.
Su penar duró hasta el año de 1814; mientras tanto, estuvo prisionero como un delincuente común, pese a su investidura, en los palacios de Fontainebleau y en Savona. Napoleón, ya “encarrerado”, quiso arrancarle al Papa una “licencia para pecar”. Es decir, reconocer el divorcio de Napoleón para separarse de Josefina, a lo que tampoco accedió el Pontífice.
Pese a la prisión, malos tratos y amenazas —incluso a su secuestro—, nunca se dobló Pío VII con su famosa negativa: “No podemos, no debemos, no queremos”, y eso incluyó la defensa de los terrenos pontificios. Fue hasta después de Waterloo cuando las fuerzas militares austriacas liberaron al Pontífice y lo escoltaron de regreso a su Estado Vaticano y a San Pedro.
Hay que ubicarnos en el tiempo: en esa época, el Vaticano tenía territorios más extensos que los contenidos en el concordato con la República de Italia posterior, dado que sus tierras abundaban por el centro de la península. Las fuerzas francesas pidieron permiso para cruzar rumbo a Nápoles para someterlo, y el Vaticano, que mantenía su calidad de independiente, se negó. El general François de Miollis, con seis mil hombres, se detuvo en espera de la orden.
Pío VII no fue el único maltratado por Napoleón. Su antecesor, el Papa Pío VI, en 1797 fue deportado a Francia durante la invasión de Italia y el Pontífice murió cautivo del régimen de
Napoleón. En Venecia eligieron al cardenal Chiaramonti, quien tomó el nombre de Pío VII. En
esos tiempos pronunció una homilía en Navidad en la que dijo: “Las virtudes cristianas convierten
a los hombres en buenos demócratas… la igualdad no es idea de filósofos, sino de Cristo, y no debéis creer que la Iglesia está contra la democracia”, lo que causó un gran revuelo en su tiempo, según dice National Geographic.
Napoleón buscó la vía diplomática; los católicos de esa época declaraban que “Pío VI, por conservar la fe, perdió la sede, y que Pío VII, por conservar la sede, pierde la fe”. Incluso el cuerpo
de obispos de Francia tomó partido y se negaron a obedecer.
El colmo vino cuando, en la centralización del poder absoluto, Napoleón dispuso que la Iglesia
francesa quedaba bajo el control del Estado. Esto provocaría rebeliones en distintas latitudes
del mundo cuando se aplicó ese concepto, como en México con la Cristiada. Era un anhelo
emanado de la Revolución francesa, de las sectas secretas y del posterior bolchevismo; todos sus seguidores buscaron aplicarlo en el mundo y se pensó que la fuerza bastaría para dominar las conciencias.
El punto determinante vino con el choque de Napoleón contra Inglaterra; él ordenó que sus enemigos debían serlo también para el Papa. En 1809 incluso decretó un estipendio de dos millones de francos para la Santa Sede a cambio de la anexión territorial. El 10 de junio la tormenta creció. Pío VII promulgó la bula “Quum Memoranda”, que excomulgaba a los invasores
del patrimonio de la Iglesia —sin mencionar a Napoleón—, pero todo mundo entendió a dónde iba la intención del Pontífice.
Como detalle para guardar ciertas formas, la detención del Pontífice en el Quirinal fue realizada por el mando francés de Radet, pero usó la guardia cívica de Roma. El Papa ordenó la destrucción de su anillo por temor a que hicieran mal uso del mismo (que era sello oficial a la vez). En el viaje a Savona, su carruaje volcó y el anciano de 67 años cayó en el lodo para luego ser recluido en Savona. Miollis, mientras tanto, recibía el título de Conde y Radet, el de Barón.
Josefina resultó muy briosa y el Emperador optó por un nuevo matrimonio con María Luisa de Austria, promoviendo el divorcio y esperando contar con el apoyo de la Iglesia. Cabe señalar que no tocaron una sola moneda de los millones de francos que se otorgaron como compensación; en Savona, la estancia del Papa se caracterizó por un trato respetuoso.
En mayo de 1812, Napoleón ya apuntaba a Rusia —su futura gran derrota— y vendría Waterloo, pero pensó que los ingleses podrían intentar liberar al Papa y lo movió a Fontainebleau. En su ruta, enfermó gravemente el representante de San Pedro, pero sobrevivió. Lo visitó Napoleón y logró en 1813 que se reconocieran los planes del emperador; tal vez debilitado, el Pontífice cedió, pero luego se retractó y se mantuvo en su postura original. Luego, en otra maniobra, intentó usarlo contra el Rey de Nápoles, a lo que rehusó nuevamente. Cuando Napoleón perdió el poder, el Papa regresó a casa en un triunfo total con aclamación popular. Murió en 1823.
Napoleón, paradójicamente, se declaró católico; el Papa abogó por un trato humanitario para él por parte de los ingleses. Napoleón declaró en 1821 al general Tristán: “Nací en la religión católica, deseo cumplir con los deberes que impone y recibir la ayuda que brinda”. Ante ese testimonio, leyó en voz alta los Evangelios, el Antiguo Testamento y los Hechos de los Apóstoles. Incluso a su muerte en Santa Elena, el 5 de mayo de 1821, se confesó, comulgó, recibió los santos óleos y expiró pacíficamente. El hombre que provocó una tormenta mundial murió, se dice, víctima de envenenamiento por el temor que suscitaba su mera existencia, aunque la verdad es que ya estaba acabado.
La historia es la maestra de la vida. Otra vez sus datos lo demuestran y, en cierto modo, se repiten.








