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Cuando la justicia tarda, la venganza seduce

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Batman: el enmascarado que se resistió a la seducción autoritaria y no abandonó la misión de rescatar a las instituciones de justicia

 

Por Sandra Karina Ibarra Carbajal 

Bruce Wayne era un niño cuando salió del teatro con sus padres, Thomas y Martha Wayne. Caminaban por una calle oscura de Ciudad Gótica cuando un hombre armado apareció entre las sombras. Lo que comenzó como un asalto terminó, en cuestión de segundos, con el asesinato de los padres de aquél niño. Ciudad Gótica tenía policías, fiscales, personas juzgadoras, autoridades y leyes. Sobre el papel, existía un Estado. En las calles, sin embargo, gobernaban el miedo, la corrupción y una criminalidad que había colonizado profundamente sus instituciones, integrando un entramado de intereses entre la clase política, la burocracia y los delincuentes que volvía ilusoria cualquier posibilidad de obtener seguridad y justicia.

El asesinato de los Wayne era, además de una tragedia familiar, síntoma de un fenómeno estructural de orfandad ciudadana: incluso siendo miembro de la acaudalada familia Wayne, salir a la calle podía significar encontrarse completamente solo frente a la violencia desbordada que caracteriza a un Estado fallido. La figura del justiciero anónimo nace de la desesperanza e impotencia: persigue al delincuente cuando la policía no llega y enfrenta al poder criminal cuando éste se confunde con el poder institucional. A pesar de la popularidad seductora para las pulsiones autoritarias de cualquier justiciero anónimo, Batman no fue un “verdugo”. Detrás de la máscara estaba la esperanza e idealismo del niño que aún creía en la necesidad de sanear el sistema de justicia mediante instituciones fuertes y funcionarios públicos honestos.

La mancuerna colaborativa entre Batman y el policía investigador James Gordon representa precisamente esa esperanza en los derechos humanos, el debido proceso y la posibilidad de hacer realidad la justicia a través de los cauces institucionales de una democracia. Batman recababa pruebas, detenía sospechosos y los ponía a disposición de las instituciones de procuración de justicia para que éstas a su vez, hicieran lo propio a través de los escasos funcionarios públicos honestos que aún quedaban. 

Doña Carlota. Cuando el Estado deja de garantizar seguridad y justicia, la desesperación social comienza a buscar sustitutos. La realidad superó a la ficción en nuestro distópico México cuando, en 2025, una mujer adulta mayor, Doña Carlota, decidió tomar en propia mano su defensa. Había transitado ya por la denuncia ante la fiscalía, sin que resultara eficaz para protegerla a ella y su familia frente al fenómeno criminal invasor de propiedades en Chalco. Ante la ineficacia de policías y fiscalía, enfrentó con arma de fuego a los invasores. El episodio culminó con dos personas que perdieron la vida y una más lesionada. Actualmente Carlota enfrenta un proceso penal. El pacto de civilidad inmerso en el artículo 17 de la Constitución Federal establece dos ideas que parecen contrapuestas, pero forman parte de una misma promesa democrática: la ciudadanía tiene la obligación de renunciar a la violencia en propia mano, pero el Estado adquiere, a cambio, la obligación de no abandonarla. El caso de Doña Carlota se hizo viral generando una peligrosa apología: la venganza en propia mano se volvió un acto heroico y aplaudido por las masas.

No es que la indignación sea incomprensible a los ojos de cualquier mortal, pero detrás de ese aplauso subyace el mismo caldo de cultivo gestado en la Ciudad Gótica de Bruce Wayne: la pérdida de confianza en que las instituciones sean capaces de hacer justicia. 

El fenómeno de los despojos inmobiliarios ha vuelto a colocar esta discusión frente a nosotros. Tan solo en la Ciudad de México, miles de denuncias se acumulan mientras detrás de cada expediente existen historias de personas que aseguran haber perdido la casa construida durante años de trabajo, adultos mayores desplazados de sus hogares, conflictos familiares, documentos presuntamente falsificados y procedimientos que pueden prolongarse durante años.

Ante la desesperanza que generan instituciones ineficaces para garantizar seguridad y justicia, nuestra sociedad es presa de la seducción autoritaria que representa la figura de un vengador que promete seguridad y justicia en propia mano. Pero, lejos de seguir los pasos de Batman, la actual figura coquetea con la apología del crimen en propia mano, aquella que aprieta el gatillo y ejecuta al criminal en caliente, sin averiguaciones, sin debido proceso, sin instituciones, sin ley, sin nada más que la fuerza de la venganza. 

La venganza no responde a límites racionales, ni siquiera a la añeja ley del talión: ojo por ojo, diente por diente. La desesperanza nos ha llevado a perder la brújula y desconocer que la falla es estructural. Es preciso exigir a las y los gobernantes que fortalezcan las instituciones de primer contacto (policías, fiscalías, defensorías gratuitas, servicios periciales) y provean el andamiaje institucional necesario para contar con poderes judiciales independientes. 

Tal vez es preciso —como Bruce Wayne— retomar el idealismo propio de la infancia para no perder la esperanza y focalizar esfuerzos en contar con personas servidoras públicas honestas y construir un andamiaje institucional sólido que permita garantizar seguridad y justicia sin ser presas —como en Ciudad Gótica— del poder político coludido con los criminales.

*Jueza de Distrito del Poder Judicial Federal. Columnista y activista por la democracia y derechos humanos.

X @sandrakarinaib3