
Cuando Claudia Sheinbaum era candidata presidencial y fiel escudera de Andrés Manuel López Obrador, el mensaje era cristalino: “No al fracking”. Lo repetía con la convicción de quien ha estudiado el cambio climático, ha militado contra la extracción destructiva y ha prometido una Cuarta Transformación que pondría al pueblo y al planeta por encima de los intereses energéticos. Era el mismo discurso que AMLO convirtió en política de Estado: veto práctico al fracking, intento de prohibición constitucional y la bandera ambiental como sello identitario de Morena.
Hoy, abril de 2026, la presidenta Sheinbaum —la misma científica que durante años dijo “el fracking no”— anuncia un comité de expertos para evaluar la explotación de gas no convencional con “nuevas tecnologías” de bajo impacto. Evita, sí, la palabra maldita, pero el fondo es inequívoco: México necesita gas propio para no seguir comprando el 75 por ciento a Estados Unidos, y “lo peor que podemos decir es solo no”. Ella misma lo reconoce con una honestidad que roza la ironía: “Yo misma durante muchos años dije el fracking no”.
Es un clásico doble discurso elevado a categoría de arte de gobernar. Porque el doble discurso no es exclusividad de Sheinbaum. Es el pan de cada día en la política mexicana y mundial. Se promete en campaña lo que suena bien en las plazas y en las redes: soberanía, justicia social, cuidado del medio ambiente. Se gobierna con lo que la realidad impone: déficits fiscales, dependencia energética, presiones geopolíticas y la necesidad de no dejar que Pemex siga declinando. AMLO lo hizo con la reforma eléctrica, con los megaproyectos y con el nearshoring que tanto criticó cuando era oposición. Ahora Sheinbaum lo hace con el fracking. Mañana será otro tema. La ideología es para la oposición; el pragmatismo es para el poder.
Lo grave no es que una presidenta cambie de opinión. Lo grave es que lo haga sin reconocer que se trata de un cambio. Sheinbaum no dice “me equivoqué” o “la realidad me obligó a revisar mis premisas”. Dice que “las nuevas tecnologías” lo cambian todo, como si el agua reciclada y los químicos biodegradables fueran un descubrimiento repentino que justifica romper una promesa de campaña y una bandera histórica de su propio movimiento. Las organizaciones ambientalistas —algunas que la apoyaron— no se tragan el cuento. Para ellas no existe un fracking “sostenible”, solo un fracking más caro y menos visible.
Pero la verdadera fractura, es la pérdida de credibilidad. Cuando un político dice una cosa en la oposición y otra en el gobierno, el ciudadano no solo desconfía de esa persona; desconfía del sistema entero. Morena llegó al poder prometiendo que “no somos iguales”. Hoy, ante el primer gran dilema energético, repite el pecado que tanto criticó al PRI y al PAN: priorizar la soberanía energética por encima de la coherencia ideológica. Es pragmático, sí. Pero también es, en términos políticos, un reconocimiento de que la realidad es más terca que cualquier discurso.
No se trata de demonizar la decisión. Extraer gas propio puede ser necesario en un mundo convulso donde las guerras (Irán incluido) alteran los mercados y donde Europa pagó caro su dependencia del gas ruso. Pero sí se trata de exigir honestidad. Que la presidenta diga claramente: “Teníamos razón en oponernos al fracking tradicional, pero la soberanía energética pesa más que esa oposición histórica”. Que no intente venderlo como continuidad cuando es un giro de 180 grados. Que no use la palabra “sostenible” como barniz para una técnica que, aunque mejorada, sigue siendo controvertida.
Porque el doble discurso no solo erosiona la confianza. También erosiona la democracia. Cuando los ciudadanos perciben que las promesas son solo retórica electoral, dejan de creer. Y cuando dejan de creer, la siguiente generación de políticos ya no necesitará ni siquiera fingir coherencia.








