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EUSEBIO FRANCISCO KINO El tricentenario de su muerte, fue ocasión para recobrar su humanismo

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(Ensayo, 2° parte)

 

Por Héctor Rodríguez Espinoza

V. El padre Saeta en la biografía de Kino. Vista panorámica

La monografía de Kino sobre Saeta, sin ser ni “vida” ni “biografía”, abarca mucho más que el contenido de esas expresiones. No es la biografía tradicional, pues pasa por alto pormenores que suelen formar parte relevante en ese género literario. El misionero, al presentarnos en su manuscrito, cronológicamente, los bocetos biográficos de muchos jesuitas misioneros que perecieron violentamente a manos de los naturales de México septentrional, reserva lógicamente el último y principal puesto a Saeta. Pero ante otras obligaciones e intereses que le reclaman su tiempo y atención, no puede entretenerse llenando cuartillas.

En la edición que aparece 265 años después que Kino redactó su manuscrito, particulares omitidos por su autor, hemos procurado suplirlos por el Prólogo y más brevemente en la serie de bocetos mencionados.

La biografía de Saeta, a pesar de su brevedad, es más que una vida de cualquier misionero. Es historia circunstanciada, bien documentada de una de las expansiones religiosas más significativas en el nuevo mundo, con el consiguiente desarrollo político y cultural de una vasta región.

Al llegar Kino a Pimería Alta (parte de Sonora y Arizona), el límite más septentrional de la Cristiandad se descosta de Batepito, a través de Chuachuta (sur del histórico presidio de fronteras que se había de erigir pocos años más tarde), Bacoache, y hacia el sur, a Cucurpe, camino de Tuape y Opodepe.

Los años que Kino evangelizó y exploró Pimería Alta, añadió extensa región a Nueva España: al oeste hasta el golfo de California, al noroeste hasta el enlace de los ríos Gila y Colorado, al norte hasta Casa Grande y el rio Azul, al este hacia el rio San José de Terrante (llamado posteriormente río San Pedro). Como Saeta fue muerto en 1695, y ese mismo año compuso Kino el cuerpo de su biografía, el periodo historiado es necesariamente breve: 1687 a 1695, y la información excepcionalmente rica para 1694-1695.

Esta monografía es el único intento biográfico importante de Kino, y después de Favores Celestiales, la obra más larga, de más unidad y más acabada que la última. Parte considerable del libro es la correspondencia epistolar del biografiado y de los superiores religiosos y jefes militares con el autor. Acostumbraba el diligente misionero conservar esta clase de documentación, y más tarde, al elaborar Favores Celestiales para la impresión, tenía a la mano su propio archivo de valiosos documentos.

El libro de Saeta presenta acontecimientos turbulentos y confusos bien caracterizados, claramente enfocados, situados históricamente y explicados en sus causas y efectos. Los pocos culpables entre los indígenas están bien discriminados de los muchos inocentes: distinción necesaria para la justa aplicación de las sanciones impuestas por las autoridades militares para la pacificación definitiva de la región y para la decisión que habían de tomar los dirigentes eclesiásticos de intensificar la evangelización de la provincia, más bien que abandonada.

El lector puede seguir fácilmente la relación de Kino con los dos mapas de toda la región diseñados por él, trascendentales para la cartografía mexicana 1) El teatro de los trabajos apostólicos (el magnífico original en colores conservado en el archivo central romano de los jesuitas y reproducido en blanco y negro por Bolton, Rim of Christendom, p. 272); y 2) La muerte del venerable padre francisco Xavier Saeta (el original, igualmente en colores, está en el mismo archivo jesuítico y lo han producido en blanco y negro Bolton, Rim of Christendom, p. 290; Burrus, Correspondencia, p. 48. Imprimimos de este mapa la escena de la muerte de Saeta en el frontispicio del presente volumen).

La biografía desarrolla en siete libros las siguientes materias:

1)     Venida de Saeta a Caborca.

2)     Segundo periodo de su obra en la misma misión.

3)     Muerte a manos de los indígenas.

4)     Importantes documentos originales, transcritos al pie de la letra, sobre el porvenir lisonjero de la región, a pesar de la muerte violenta de Saeta, y 15 bocetos biográficos de antiguos misioneros que tuvieron igual suerte a manos de los naturales, se excluye la necesidad de abandonar las misiones. El decimosexto boceto es de Saeta.

5)     Esfuerzos militares para apaciguar a indígenas rebeldes y cooperación efectiva de amigos nativos que llevan a una equivocación trágica de consecuencias desastrosas.

6)     Situación próspera de las misiones de Pimería Alta, su ambiente histórico; llegada de Kino a la región, obra y resultados halagüeños. Ponderado examen de las objeciones insistentes de muchos que quieren ver abandonadas las misiones de aquella provincia.

7)     El último libro, único en la historia de México, reseña los métodos misionales adoptados por Saeta y más aún por Kino mismo; perspicaz análisis de la mentalidad y emotividad de los indios Pimas y sus reacciones a las enseñanzas y a las exigencias cristianas.

Una rápida ojeada a todas esas perspectivas.

El historiador trentino relata escrupulosamente en el libro primero hechos y acontecimientos, concreta parajes, distancias y personajes del antiguo drama del que es protagonista principal él mismo; situación económica específica y detallada, cabezas de ganado donadas a la misión de Caborca, cantidad de grano y vegetales plantados y llegados a sazón, edificios erigidos, expediciones emprendidas. Tan peculiar y circunstanciada exposición de hechos nos hace deducir que Kino llevaba de los de alguna trascendencia y que, con él a la vista, compuso su biografía de Saeta.

El segundo libro con material espigado en cartas de Saeta, evoca, con pormenores muy reales, el segundo periodo misional de Caborca y revela ya algunos de los métodos empleados por el misionero siciliano, que expondrá más ampliamente el último libro.

El libro tercero no es sencillamente la narración de la muerte trágica de Saeta, si no un penetrante análisis de los hechos que condujeron a él, sugerencias prácticas para remediar la peligrosa situación y prevenir futuras recaídas. Kino, fundado en numerosas pruebas, rechaza la falsa acusación de complicidad de todos los indios, y demuestra que el motivo principal de tan deplorable muerte fue la injusticia y crueldad usadas contra los indígenas de San Pedro de Tubutama, particularmente la conducta de los mayordomos Ópatas. Injustamente se atribuían robos a los Pimas –el misionero trentino volverá muchas veces sobre el mismo tema-, y, por consiguiente, eran injustas también las vejaciones, crueldad y muertes causadas entre ellos por las tropas invasoras de españoles. Además, sigue exponiendo Kino, la invasión de Caborca se debió a las muchas y engañosas promesas, jamás cumplidas, hechas a los indios, y la principal de ellas, que habían de tener misioneros. Los feligreses de Saeta —Kino los llaman hijos— ni fueron culpables de su muerte, ni estaban complicados en la rebelión; fueron más bien víctimas de ella.  

El cuarto libro, a pesar de su redacción no definitiva, entre los escritos del trentino, es uno de los mejores elaborados. Para evidenciar la base objetiva de su afirmación de que solo pocos indios participaron en la invasión de Caborca, y éstos inducidos por la injusticia y crueldad de que eran víctimas, alega un número notable de cartas de autoridades militares y religiosas, y demuestra que todos ellos miraban con optimismo el porvenir. Para dar fundamento histórico más sólido al debate, indaga a fondo la historia mexicana y presenta bocetos biográficos de otros quince misioneros que dieron su vida por la misma causa que Saeta, y sus misiones no solo fueron abandonadas, sino que se hallan actualmente en estado floreciente. ¿Por qué, pues —pregunta el misionero—, se debe seguir diferente política tratándose de Saeta y su misión?

Relata el libro quinto las campañas llevadas a cabo para pacificar a los nativos rebeldes y castigar a los culpables, y trata en capítulo aparte la cooperación de los indios aliados. Expone el historiador lealmente las trágicas equivocaciones de algunos soldados españoles y de sus cooperadores nativos en matar a indígenas inocentes. Esta sinceridad explica acaso el que la biografía del misionero siciliano quedase inédita en vida de su autor.

El libro sexto, después de una relación minuciosa del estado de las misiones y del territorio en general, aborda descubiertamente las objeciones suscitadas contra la continuación y extensión de las misiones norteñas. Adviértase que el autor, consciente del peligro de la existencia misma de las misiones, adoptaba esta actitud en vísperas precisamente de partir para la capital mexicana, donde sabía que el Virrey y el Provincial de los jesuitas le urgían esas dificultades ante sus peticiones de fondos y más gente.

En las objeciones se alegaba la falta de población nativa en Pimería Alta o que ésta era muy escasa. Kino atribuye a la religión más de 10,000 indígenas, y va distribuyendo cifras por las varias localidades. 

Aunque había algunos pobres indígenas, insistían los opositores, la tierra era un interminable desierto. Opone el misionero testimonios escritos de oficiales reales, estadísticas exactas de cantidades y especies de productos recogidos en la región, y termina en trono de triunfo: “Esta Pimería es de las más fértiles y pingües tierras que tiene toda la nueva España”.

Enemigos irreconocibles de la empresa pimeriana presentaban a los indígenas como irremediablemente perezosos e irreductibles al trabajo. A los que exigían documentos fidedignos y autorizados, Kino puede satisfacerles plenamente; y a los que pedían una prueba visible de la habilidad indígena para trabajar, les señala lo que habían hecho ya en Dolores y en otros centros misionales construyendo casas e iglesias y cultivando campos y recogiendo abundantes cosechas.

Los indios de aquella provincia, porfiaban los contendientes, nacían ladrones, y trabajar era para ellos una necesidad ocasional, Kino rechaza de plano la calumnia aduciendo categóricas pruebas: primera, a pesar de las irrupciones de sorpresa de soldados españoles en territorio prima, jamás se encontró indicio alguno de robo; segunda, los generales Juan Fernández de la Fuente y Domingo Terán de los Ríos, en junio de 1695, descubrieron en el Cerro de Chiricahui propiedades robadas en manos de los Hojomes; pero estos indios eran enemigos, no aliados de los Pimas; éstos, en tercer lugar, cultivaban sus campos y vivían de sus frutos; mientras los Hojomes, los Janos y los Sumas, tribus nómadas, no acostumbradas al trabajo, encontraban más cómodo saquear y robar caballos, mulas y ganado.

Las misiones y establecimientos norteños, impugnaban los contrarios entrando en terreno económico, eran carga excesiva para el fisco real. Objeción era ésta, replicaba Kino, aplicable a cualquier región. ¿Se había de detener, por ahorrar unos pocos pesos, la colonización y evangelización? Estaba en vigor, continúa el misionero, la Real Cédula que reconocía mucho más ventajosas las misiones establecidas que los gastos que se hacían en ellas. ¿Pondrían en duda la palabra del Rey?

Kino llega así al último e indiscutiblemente más importante libro para el estudioso de la historia de México y del suroeste de los Estados Unidos, clave para conocer los métodos del trentino, conquistador de la simpatía indígena, hábil para moverse entre ellos, siempre que lo cree oportuno, sin escolta alguna, ingenioso en asegurarse la cooperación indígena a la obra evangelizadora aún mucho más allá de sus propias misiones; y en ganarse su confianza, alianza, lealtad, fe y devoción, en grado acaso jamás igualado en los anales misionales de México.

La biografía de Saeta, así lo creemos, más que vida es la historia de un hombre y al mismo tiempo historia detallada y documentada de toda la región, en sus aspectos político, económico, etnológico, militar, geográfico y eclesiástico, concretamente presentados y analizados.

VI. No podemos dejar de observar, incluso en este otro “Año de Kino”, una fortísima dosis de malinchismo que, el propio Kino, hubiera lamentado: en 1987, el 21 de abril, se cumplió también el primer centenario del fusilamiento, por el Gobierno, del cacique yaqui José María Leyva-Cajeme, defensor de la integridad territorial y cultural de esa ejemplar e indómita tribu sonorense. A excepción de un libro que sobre su vida debió publicarse, no sé de ningún otro acto conmemorativo y digno de esa su autóctona figura. Ni tan siquiera en alguna localidad del ahora ubérrimo Distrito que lleva su nombre. ¿Visión y subcultura de los vencidos?

VII. Pero cuidado, ¡mucho cuidado! Podemos incurrir en el grave riesgo y error cultural y político de mitificarlo y reducirlo a discursos, nichos, pedestales, monumentos y altares que, los gobiernos civiles y las autoridades religiosas, suelen erigir para apropiarse de –y expropiarnos a – quienes, seres humanos como nosotros, fueron superdotados de un código genético cimero para emprender proezas de esta envergadura. Kino fue un ser humano. Tan humano que, egresado de las mejores universidades de su tiempo, decidió vivir entre los indígenas que, cuarenta años antes, Andrés Pérez de Rivas había descrito como “los más bárbaros y fieros del nuevo orbe”. (Ojalá nuestros ascendientes más próximos hubieran sido –y nosotros y nuestros hijos lo fuésemos ahora y mañana- tan “bárbaros y fieros”, como aquellos nuestros originales ancestros, para defender nuestra integridad nacional, en contra de la pérdida del suelo y de la penetración y manipulación ideológica del exterior).

VIII. Ensalcemos a Kino estudiando, enseñando y viviendo, a plenitud y con honradez, nuestra historia. La historia de la patria y de la Matria (esta “área homogénea de características físicas y culturales diferentes de las áreas vecinas” –para decirlo con Luis González-), que aquel visionario universitario del mundo forjó. Solo así podemos conocerla más y amarla mejor. 

Este 2014, con la crisis que se nos adhiere a cada poro de la piel individual y nacional, y ante el reto de un “mal necesario” y despersonalizante etapa industrial, en la que rendimos pleitesía a su majestad la máquina, con y como Kino, volvamos los ojos y el corazón hacia el hombre, como figura señera de la historia y único ser creador de valores

(Ensayo, in extenso, expresado en Magdalena de Kino, en mayo de 2014, con motivo de sus festividades tradicionales).