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Monseñor Juan Navarrete y Guerrero: El obispo que padeció tres destierros

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Por Pedro A. Moroyoqui Durán

Monseñor Juan Navarrete y Guerrero, nació el 12 de agosto de 1886 en la ciudad de Oaxaca, Oaxaca, fue hijo de don Demeterio Martínez Navarrete y Sandoval, el último en la dinastía Navarrete en utilizar su primer apellido, originario de la ciudad de Morelia, Michoacán, y de doña María Julia Trinidad Guerrero y Pompa, originaria de la ciudad de México.

Realizó sus estudios de primaria hasta secundaria en su ciudad natal, poco tiempo después se trasladó a la ciudad de León, Guanajuato, para ingresar al seminario de esa ciudad, más adelante ingresó al colegio Pío Latino Americano, de Roma, el 25 de septiembre de 1904, por cinco años asistió a la célebre Universidad Gregoriana, donde estudiaron casi todos los futuros obispos del mundo, después de cinco años de estudio obtuvo su título de doctor en Teología.

Fue ordenado sacerdote en Roma el 11 de abril de 1909, al despedirse de él, su santidad Pío X, ahora santo, puso sus manos sobre su cabeza y le dijo:

“Ve a México hijo y trabaja por la grande obra de restaurar todas las cosas en Jesucristo. Te encargo especialmente a los obreros y a los niños”.

Regresó a México y comenzó su ministerio sacerdotal en la ciudad de Aguascalientes, donde se destacó por sus grandes dotes organizativas, agrupó a los obreros, fundó sociedades mutualistas, cajas de ahorro y cooperativas de consumo para beneficio del gremio, al mismo tiempo que impartía varias cátedras en el seminario y fundaba varias escuelas católicas en esa ciudad.

El padre Navarrete prometía una gran labor social en la ciudad de Aguascalientes cuando en plena etapa revolucionaria, estalló una persecución religiosa en el año de  1914, el obispo de Aguascalientes, don Ignacio Valdespino, al igual que muchos otros, tuvo que abandonar su diócesis, pero antes de partir al destierro nombró vicario general sustituto al padre Juan Navarrete, se dice que en ese tiempo se llegó a poner el precio de dos mil pesos por su cabeza. Alertado oportunamente, abandonó el país y se refugió en Galveston, Texas, en Estados Unidos, en este primer destierro corrió con mejor suerte que muchos de sus compañeros sacerdotes que tenían que trabajar de meseros para sobrevivir, el padre Juan fue capellán en Galveston, después ocupó el cargo de secretario en la “Catholic Church Extensión Society”.

En 1915 viajó a Roma como secretario auxiliar de Monseñor Francis Kelly, al regresar se instaló en Chicago, a principios de 1916, el padre Juan junto con varios religiosos y obispos estuvieron a punto de morir envenenados por un cocinero anarquista que envenenó la sopa en un banquete ofrecido en honor de Monseñor Mundelin, con motivo de la toma de posesión de la diócesis de Chicago, ese mismo año fue nombrado profesor de Ciencias Bíblicas, Sociología y Oratoria en el seminario de Castroville, Texas, el siguiente año de 1917 regresó a México, porque su hermano, el padre Francisco, se estaba muriendo.

Tres años largos años duró este primer destierro, una vez instalado en la ciudad de Aguascalientes el padre Juan prosiguió con su labor social a favor de los obreros, allí fundó la sociedad de auxiliares parroquiales, señoritas que más adelante estarían a cargo de hospitales, escuelas, asilos, etc., además fundó varias escuelas en esa ciudad.

La brillante labor social del padre Juan en la ciudad de Aguascalientes se vio interrumpida cuando el papa Benedicto XV firmó el documento donde lo elegía como obispo de Sonora, el 24 de enero de 1919, más adelante fue consagrado obispo en la catedral de Aguascalientes, por Monseñor Valdespino, asistido por don Miguel M. de la Mora, obispo de Zacatecas y don José de Jesús Fernández, obispo titular de Tlos y abad de la Basílica de Guadalupe, en ese tiempo fue considerado el obispo más joven del mundo, muchos años después sería el más viejo del mundo.

El día 8 de junio de ese mismo año, arribó a Sonora el día 9 de julio, entró por la fronteriza ciudad de Nogales, al otro lado de la frontera lo esperaban algunos sacerdotes para recibirlo, al ver a un joven que bajó del ferrocarril con cámara en mano, inquiere uno de los sacerdotes:

—¿Y el señor el obispo?

—Soy yo —responde el joven Monseñor Navarrete, para luego añadir:

—Poca cosa para un obispo verdad.

Ante sí tenía el joven obispo una exención enorme que atender y solo contaba con veintiún sacerdotes, algunos de ellos de edad muy avanzada, la primera acción del obispo fue recorrer todo el territorio que caía bajo su jurisdicción, en ferrocarril, en automóvil, a caballo y a pie, transitando por pésimos caminos, hasta las comunidades más remotas, tarea que le llevó dos años. El 8 de septiembre de 1920, en su primera carta pastoral plasma la triste situación del culto cristiano en Sonora. Así que una de las primeras acciones fue reabrir de nuevo el seminario cerrado desde 1913.

 

Segundo Destierro

La ley Calles, promulgada el 14 de junio de 1926 por el presidente mexicano Plutarco Elías Calles, fue un decreto que buscaba limitar y regular estrictamente el culto católico y el clero en México, haciendo cumplir los preceptos anticlericales de la Constitución de 1917, esto provocó un levantamiento armado en el centro del país que se llamó la Guerra Cristera (1926-1929) debido a la suspensión de cultos y el control estatal sobre la iglesia.

Los puntos principales de la Ley Calles se resumían a los siguientes:

Redujo el número de sacerdotes, exigió que fueran mexicanos por nacimiento y prohibió el culto público fuera de los templos.

Los templos pasaron a ser propiedad de la nación y su gestión se asignó a comités de vecinos.

Se impusieron multas y penas de cárcel por enseñanza religiosa en escuelas primarias y por la participación del clero en política.

El cierre de templos y la suspensión de cultos no los realizó el gobierno, sino la jerarquía católica, estas medidas provocaron que se suspendiera el culto público a partir del 31 de julio de 1926.

La suspensión de los cultos fue una estrategia extrema de protesta de la Iglesia que transformó el conflicto legal en un enfrentamiento armado directo contra el gobierno de Calles.

Lamentablemente esta forma de protesta no frenó la ley, sino que intensificó el conflicto, provocando una crisis espiritual en el pueblo al quedar sin sacramentos, las consecuencias de la suspensión de cultos hizo que estallara un levantamiento armado que se le conoce como la guerra cristera (1926-1929), principalmente en los estados de Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Colima, Nayarit y Querétaro, en otros estados tuvo una menor intensidad, en Sonora las cosas no pasaron a mayores en esta primera guerra cristera.

Como consecuencia de la protesta de los obispos por la ley Calles, el gobierno ordenó la clausura de escuelas, hospitales, orfanatos y conventos, así como la expulsión de sacerdotes extranjeros y el delegado apostólico, más adelante se expulsó a los obispos del país.

El obispo Navarrete recibió la notificación de que abandonara el país, firmada por el gobernador interino, Leandro Gaxiola, el 16 de septiembre de 1926, posteriormente se trasladó Estados Unidos a donde llevó su seminario que estaba en Magdalena a un sitio que está entre Nogales, Arizona y el pueblo de Patagonia, para tal efecto adquirió un viejo galerón, propiedad del gobierno americano al que los seminaristas llamaron la casa verde.

En Estados Unidos tuvo lugar un juicio donde fue procesado don Juan por una supuesta conspiración a las leyes de la neutralidad, ya que la zona fronteriza era un lugar natural para conspirar en contra del gobierno, la acusación concreta por parte del gobierno mexicano fue que el obispo de Sonora se había aliado con algunos individuos que pretendían levantar a la tribu yaqui en contra del gobierno de México; el primer juez, que era católico se negó a juzgar a un obispo y renunció a su cargo, fue substituido por otro que era protestante, pero los testigos pagados en Tucson cayeron en tantas contradicciones e incurrieron en tantas mentiras que el juez declaró inocente al señor Navarrete.

Afortunadamente en Sonora la situación no fue tan triste como en otros estados de la república, las autoridades fueron muy moderadas, casi todos los sacerdotes permanecieron en el estado y podían oficiar y administrar los sacramentos en casas particulares sin ser molestados, casi todas las escuelas católicas siguieron funcionando, sin embargo hacía falta el culto público.

El 15 de agosto de 1927, el seminario en el destierro rindió sus primeros frutos, el obispo Navarrete ordenó el primer sacerdote, el padre Luis Cosme Barceló Durazo, nacido en Granados el 2 de julio de 1901, hijo de doña Amparo Durazo Barceló y don Josecito Barceló Espinoza, después vendrán otros más.

El 21 de junio de 1929 se llevó a cabo un pacto entre la jerarquía católica mexicana y el gobierno de Emilio Portes Gil conocido como “Los arreglos”, en estos se estableció concluir el conflicto armado, abrir los templos y reanudar el culto, la negociación fue liderada por los obispos: Leopoldo Ruiz y Flores, arzobispo de Michoacán y delegado apostólico y don Pascual Días Barreto, obispo de Tabasco, nombrado por la santa sede como intermediario para los tratados de paz.

La Iglesia Católica no logró la derogación de las leyes anticlericales (Ley Calles) que motivaron el conflicto, el gobierno acordó devolver los templos y casas que no estuvieran ocupados por oficinas gubernamentales para reanudar el culto, permitiendo a los sacerdotes regresar a sus parroquias, se concedió amnistía a los cristeros que se rindieran y entregaran las armas, promesa que se cumplió a medias, se mantuvo la Constitución de 1917, por lo que la Iglesia quedó en la misma situación legal de restricciones que tenía antes de la guerra, la Iglesia aceptó implícitamente cesar la participación activa de los sacerdotes en la política nacional,  el presidente Portes Gil solicitó, como condición para calmar a los jacobinos radicales en el gobierno, la salida del país de algunos prelados, como González y Valencia, y Manríquez y Zárate.

Las condiciones en que se llevaron a cabo los arreglos no fueron las mejores sobre todo para los cristeros, lo que explica por qué el conflicto dejó heridas abiertas.

En estos arreglos se dejó sin voz a los cristeros que eran el ejército beligerante, las leyes anticlericales por las que se habían sublevado no fueron derogadas, además los dejaron indefensos, en aquellos años cualquier presidente municipal con ideas anticlericales y grupos de agraristas radicales, utilizados por el gobierno contra los cristeros, podían establecer juicios sumarios y asesinarlos, como de hecho así fue. A la Santa Sede le urgía normalizar la vida religiosa en México y los Estados Unidos necesitaban del petróleo y que su explotación no se viera afectada por una guerra prolongada.

 

Tercer Destierro

El 16 de septiembre de 1931, tomó posesión como gobernador de Sonora, Rodolfo Elías Calles, hijo del llamado jefe máximo de la revolución mexicana para el período 1931-1935.

En su administración se recrudeció el problema religioso, inició una campaña anticlerical a la par que instituyó una educación socialista y atea en las escuelas, ordenó el cierre de las escuelas católicas y clausuró los templos, pretendió limitar el número de sacerdotes a uno por cada veinte mil habitantes, al negarse a acatar estas disposiciones, monseñor Navarrete fue desterrado por tercera vez del país, además los elementos pertenecientes a su administración cometieron numerosos excesos, como fueron la quema de imágenes de religiosa, ocupar las iglesias para convertirlas en trojes u oficinas ejidales y otros similares que hicieron sumamente odioso a su Gobierno.

A diferencia de las anteriores el obispo de Sonora ya no estuvo dispuesto a acatar las órdenes del gobierno, anteriormente, al regresar de su segundo destierro en septiembre de 1929, hizo solemne promesa ante sus seminaristas, que cualquiera que fueran los motivos que surgieran, no volvería al exilio, sino que permanecería en su diócesis, promesa que se hizo célebre con su frase legendaria “De Sonora al Cielo”.

En este exilio que duró cinco años, de 1932 a 1937, fue el más duro de todos, en muchas ocasiones ni el pan de cada día estaba asegurado, además de padecer las inclemencias del frío, las caminatas extremas para un hombre ya maduro como el obispo Navarrete, el cual muchas veces fue víctima de fuertes ataques de reumatismo; sus sacerdotes y seminaristas, también anduvieron a salto de mata, huyendo por distintas partes del estado.

Para poder formar a los futuros sacerdotes el obispo cambió la sede del seminario nueve veces, tres veces en el primer destierro y seis veces en el segundo, en los ranchos La Huerta, Buenavista, Los cajones, en el distrito de Magdalena posteriormente se trasladaron a la sierra en donde fundaron el rancho los Ciriales, hasta ese lugar llegaron las huestes del gobierno a destruir las chozas donde se erigía el seminario, de allí pasaron a una casa de campo a Nacozari, posteriormente se trasladaron a Guaymas a un lugar al que llamaron El Oasis.

Un príncipe de la Iglesia se disfrazó de ranchero, se dejó crecer la barba, caló sombrero de palma y calzó teguas de baqueta, como todos los rancheros de la sierra además se cambió el nombre, ahora era Fortino Guerrero, pero hasta en eso no mintió ya que Fortino era su segundo nombre y Guerrero su apellido materno, seguido muy de cerca por la jauría que lo perseguía encarnizada.

Ni aún en esa situación monseñor Navarrete dejó de prestar auxilio espiritual a su feligresía, se movía a los pueblos, amparado en las sombras de la noche, siempre apoyado por personas de confianza. El obispo de Sonora tuvo la enorme fortuna de contar con muchos amigos y aliados, entre los rancheros sonorenses, en su aventura en la sierra sobresalen dos que fueron incondicionales: Porfirio Coronado y don Ramón Hurtado sin los cuales no hubiera podido evitar ser capturado, el primero le sirvió de guía, para eludir a las tropas en la sierra, el segundo le proporcionó información y alimentos.

Don Ramón llevó hasta la cueva donde se escondían un becerro de su propiedad para que los perseguidos lo sacrificaran, en el suelo le dibujó el diseño de su marca de herrar con la instrucción que podían sacrificar cualquier animal que llevara su marca.

En otra ocasión cuando ya habían agotado todas las provisiones, tremendo susto se llevó el obispo al toparse en la sierra con un hombre bien montado y armado hasta los dientes, que de momento no reconoció, era Porfirio Coronado el cual entregó un abundante dotación, de huevos cocidos, tortillas de harina con frijoles y queso, al inquirir Florentino Olivas, uno de los seminaristas quien había traído esos alimentos, el obispo respondió que los ángeles, poco después llegó el guía Porfirio y los sacó a un lugar más seguro.

Al cerrarse el cerco don Ramón Hurtado avisó oportunamente al obispo que el ejército había contratado personas conocedoras de la sierra, con ese apoyo, era seguro que los soldados los encontrarían, el obispo y sus seminaristas decidieron dividirse en tres grupos, a fin de evitar que todos cayeran prisioneros en caso de algún encuentro con el ejército, para reunirse después en otro punto de la sierra.

Larga y penosa fue la huida, sobre todo para el obispo, que casi cumplía los de cincuenta años, junto con sus muchachos tuvo que escalar de noche las elevadas cumbres de la sierra madre, bajar hasta los profundos barrancos por paredes de toca casi cortadas a pico y transitar por desfiladeros que daban vértigo, pero sobre todo tuvo que soportar el intenso frío que en esas latitudes es extremo.

Más adelante los grupos se unieron allí decidieron enviar unos cuantos jóvenes de avanzada al rancho de Huépari, donde estaba establecido don Benigno Durazo y su familia a fin de solicitar alimentos, información y hospedaje para al obispo un día, mientras don Ramón Hurtado conseguía un par de guías para sacarlo de allí.

Buen susto se llevó el jefe de familia al abrir la puerta de su casa, a las dos de la mañana el ranchero se topó con un pequeño grupo de muchachos famélicos, macilentos, con el cabello crecido y vestidos con harapos, con la ropa hecha jirones, la hospitalidad de los rancheros sonorenses siempre ha sido legendaria, en ese rancho devoraron la comida ofrecida por la familia, además prepararon una buena ración para el grupo que permanecía oculto en el monte y con mucho gusto ofreció su casa don Benigno para hospedar al obispo de Sonora, a los pocos días se presentaron los guías preguntando por un ingeniero al que debían de conducir a Nacozari. Así fue como burló a la jauría de perseguidores el obispo Navarrete.

Sería largo enumerar las tribulaciones y aventuras del obispo y su pequeño grupo de perseguidos en este pequeño artículo, si alguien desea saber más del tema, recomiendo el texto del padre Cruz Acuña Gálvez, Juan Navarrete, medio siglo de historia sonorense, cuya primera edición salió a la luz en el año de 1969 con motivo de las bodas de oro episcopales.

Para 1935 cae el gobierno callista en Sonora por una ruptura entre Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas haciendo que la campaña contra los católicos perdiera un poco de presión, siendo más flexibles. Fue en 1936, cuando los feligreses observaron que empezaba a disiparse el ambiente de persecución, y las mujeres se empezaban a organizar para pedir la reapertura de los templos, mientras que en algunos lugares se tomaron a la fuerza, en 1937 se hizo cargo de la gubernatura Román Yocupicio, se devuelven por completo los templos incautados por el gobierno y el señor Navarrete dejó la clandestinidad y comenzar la reconstrucción religiosa de su diócesis.

Monseñor Navarrete cumplió su promesa, en un día como hoy, pero del 21 de febrero de 1982, a las 2:07 de la madrugada, voló de su casa en Sonora al cielo.