No hay una respuesta universalmente correcta. Porque detrás de una respuesta aparentemente sencilla suele existir una pequeña ventana hacia la mente y el corazón de una persona.
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Las nuevas aguas de la política sonorense

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Por Guillermo Moreno Ríos

Hay una escena del Chavo del 8 que, sin pretenderlo, podría explicar con bastante precisión el momento político que estamos viviendo.

Es de Jamaica, parece de limón, pero sabe a tamarindo

Bueno… ahí empieza el problema político.

Porque cada vez resulta más difícil saber de qué está hecha el agua que nos están ofreciendo. Parece de una cosa, se presenta como otra y, cuando finalmente la probamos, descubrimos que tiene un sabor completamente diferente.

En mis clases universitarias aprendí algo

Desde hace veinte años, el primer día de clases en la materia que doy a alumnos de octavo semestre, hago dos preguntas a mis alumnos: ¿A quién admiras? y ¿Cuál es tu hobby?

No es un examen psicológico. No pretendo descubrir con ellas toda su personalidad. Pero sí me sirven como un pequeño tamiz, ya que debo tomar la decisión de seleccionar, entre 40 futuros ingenieros civiles, quien coordinará el grupo y será mi aliado durante todo el semestre.

He escuchado a más de 1,500 alumnos han dado respuestas extraordinariamente distintas: personajes de caricaturas, científicos, deportistas, músicos, personajes históricos, padres, abuelos, maestros, líderes religiosos y hasta quien responde, con absoluta soberbia: “A nadie”.

Con los hobbies ocurre lo mismo: Leer, escuchar música, hacer ejercicio, cocinar, pescar, tocar un instrumento, jugar algún deporte, pertenecer a un equipo, participar en organizaciones sociales, ayudar a otros… y también quien simplemente prefiere ver televisión, descansar o “tirar barra”… y algunos “estar con la familia”.

No hay una respuesta universalmente correcta. Porque detrás de una respuesta aparentemente sencilla suele existir una pequeña ventana hacia la mente y el corazón de una persona.

Y ahí está mi punto. ¿Por qué no hacemos lo mismo con quienes quieren gobernarnos?

Durante demasiado tiempo hemos evaluado a los políticos por la etiqueta que llevan.

Pero las etiquetas perdieron fuerza. La ideología, que alguna vez representó principios relativamente claros, hoy parece en muchos casos efímera, flexible y acomodaticia.

No necesariamente porque todos hayan dejado de creer en algo. Quizá porque el mundo cambió más rápido que las doctrinas que decía el ideario.

Y porque, para una parte importante de la sociedad, ya no importa tanto qué dice una persona, sino qué hace cuando tiene poder.

Las fronteras se volvieron líquidas. Las aguas del Chavo se mezclaron: Tenemos agua que parece de limón, pero asegura ser de Jamaica. Otra que presume ser de tamarindo, pero tiene un extraño sabor a horchata.

Y, por supuesto, está aquella que cambia de jarra con tanta naturalidad que uno termina preguntándose si lo importante es el sabor… o simplemente encontrar una jarra disponible.

Porque ya chole

Ya chole de políticos prometiendo como gran hazaña lo que debería ser su obligación.

Ya chole de abrazar viejitos para la fotografía. De cargar bebés que ni conocen. De bailar para TikTok. De hacer videos comiendo tacos, barriendo una calle, subiéndose a un camión, poniéndose un casco cinco minutos o intentando demostrar frente a una cámara que también saben vivir como cualquiera.

Ya chole de la política convertida en espectáculo. Porque gobernar no es bailar. No es hacer memes. No es tener millones de seguidores. No es abrazar bonito. 

Gobernar es resolver

Y para resolver se necesita preparación, carácter, sensibilidad, congruencia, capacidad de escuchar y, sobre todo, entender que un cargo público no es un premio: es una responsabilidad.

Estas preguntas hechas a los políticos tampoco producen una verdad absoluta.

Pero pueden revelar algo que una campaña cuidadosamente diseñada difícilmente muestra: a la persona detrás del personaje.

Porque cuando se apagan las cámaras, desaparecen los discursos, se guardan los colores, termina el mitin y se acaba el aplauso, queda una sola cosa: la persona.

Quizá ahí esté el verdadero reto

No necesitamos políticos perfectos. Necesitamos personas congruentes. Personas capaces de escuchar. De reconocer errores. De trabajar con quien piensa distinto. De entender que servir no es servirse. De saber que el poder no transforma mágicamente a nadie: muchas veces simplemente hace más visible lo que ya llevaba dentro.

Por eso, frente a las nuevas aguas de la política, quizá convenga no discutir tanto de qué color es la jarra. Probemos el agua. Preguntemos qué contiene. Observemos quién la prepara. Y, sobre todo, veamos si realmente quita la sed.

Porque después de tantos años de discursos, promesas, fotografías y ocurrencias, quizá la sociedad quiera saber solamente: “¿Y a qué sabe cuando gobierna?”