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Regreso totalitario: El Sueño de China se rompe otra vez

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Por Manuel Gutiérrez

“The broken China dream” (El sueño roto de China), publicado por la editorial Princeton bajo la autoría de Minxin Pei, economista chino, revela el futuro inmediato de China una vez que, bajo el emperador Xi Jinping, el enorme país asiático regresa con furor nuevamente… al totalitarismo. 

Este libro es uno de los más recomendados para entender el mundo actual por Martin Wolf, el famoso economista británico. Históricamente, el cambio que se está armando en China es una reversión a la política que empleara Deng Xiaoping, el anterior caudillo de China. 

Deng intentó no modificar el poder político del comunismo versión china, sino convertir el capitalismo acelerado en puntal del nuevo poderío de la República Popular. Es decir, en lo económico China cambió al ritmo de Vietnam, que adoptó una política semejante más una gran apertura y garantías al capital extranjero. 

Deng, por tanto, aplicó una solución pragmática a sus problemas económicos, pero no aplicó una reforma que ampliara los cauces democráticos. Para todos los gobernantes chinos en común del Partido Comunista, el miedo a la democracia es un rasgo característico. Son capaces de adoptar el capitalismo, de generar una cepa de millonarios supercapitalistas y, a la par, bajo su sombra, emerger una clase media pensante, productiva, con recursos que la sitúan entre las mejores situaciones patrimoniales de Asia; pero, definitivamente, el gobierno de China considera que la democracia fragmentaría a su país. 

Esa pérdida de rumbo es temida. Por ello, Deng no dudó en reprimir con tanques en la plaza de Tiananmen tanto a los universitarios como a su clase media y a muchos intelectuales que aspiraban a construir una versión democrática real de China —no de membrete, no de apariencia—, porque los países que se catalogan a sí mismos como democráticos son exactamente dictaduras disfrazadas.

Xi Jinping intentó aprovechar los avances tecnológicos no para aperturar a su sociedad — aunque el efecto de las redes es inicialmente ese—, sino para reforzar el control social, la vigilancia y regresar a los postulados ideológicos: primero el partido, el partido es el pueblo, y Jinping es todo a la vez; un solo hombre es China con 1,400 millones de habitantes. 

Históricamente, cayeron en una nueva versión dinástica de los emperadores de la China antigua, en que el poder avasallante era ejercido por un solo individuo. Las recientes purgas de mandos de alto nivel militar y de integrantes del Partido Comunista con capacidad de control de movilización o de marcada influencia lo demuestran. 

Cierren las puertas 

Si bien todos los chinos están conscientes de que carecen de libertad política ellos aceptaban las restricciones dado que estaban bien con el capitalismo como desarrollo. Las familias tenían capacidades de acumular riqueza para proteger su patrimonio, y la economía era un campo que el Estado evitaba invadir. 

Pero eso se rompió ya, y ahora el Estado nuevamente aspira a tener el control del patrimonio de las familias.

China tiene el poder de prohibir o permitir la salida de sus ciudadanos al extranjero. Los controles de pasaportes y de aduanas mantienen restringido el movimiento de los ciudadanos que frecuentemente, como otros asiáticos, saturaban lugares internacionales más famosos del mundo por turismo cultural, lúdico o simplemente porque podían hacerlo. 

Otro signo del cambio es que China ha optado por cerrar el camino de inversiones de su clase media en valores del extranjero. Las grandes bolsas de Hong Kong y Singapur han recibido un término improrrogable de 2 años para liquidar todas las cuentas de ciudadanos chinos. 

Los requisitos, por orden del gobierno de Jinping, se han endurecido; se han vuelto muy exigentes para que un chino pueda invertir en negocios extranjeros. La norma que aplican, por ejemplo, con los tenedores de bonos y acciones o certificados de depósito de China en valores estadounidenses es: “pueden venderlos, pero no comprar un solo dólar más”. 

Hay proyectos globales que contaban con esos recursos. Pero actualmente los chinos tienen más motivos que antes para obtener un lucro consistente con sus ahorros.

Los chinos no son tontos. El Estado oferta un mercado de valores propio, llamado mercados A, pero ningún chino con nociones de economía los considera seriamente. Se estima que este mercado estatal está sujeto a la política, a los rumores y al sobresalto de que en cualquier momento aparezca el Estado a realizar modificaciones e incautaciones disfrazadas de préstamos que pueden redireccionar los objetivos de las inversiones a planes del Estado que no tienen la misma rentabilidad, o de plano no la tienen. 

 

 

Por ejemplificar, es como si el gobierno de Sheinbaum impusiera a las cuentas de ahorros o inversión existentes la dirección de invertir para cumplir los planes del Tren Maya, o del Istmo, o para solventar las deudas de Pemex. Con promesas o sin ellas de altos rendimientos, el Estado intervendría para redireccionar las inversiones, alejándose de lo rentable para entrar al terreno de los planes sociales, nunca redituables o recuperables. Al mercado oficial de valores y a estos mismos ofertados por el gobierno chino se les llamó “molino de carne”, en relación a que trituraban los patrimonios de décadas de trabajo de los ciudadanos chinos.

El capitalismo en China durante más de 20 años se fortaleció, y las familias invirtieron en bienes raíces; la gente compraba casas o departamentos, sobre todo estos últimos por la densidad poblacional de China, aún en descenso, enorme.

Lo que hicieron las familias de China fue similar a lo que harían en Argentina, en Italia o en Vietnam: la gente invertía en bienes inmuebles, los compraba para vivir en ellos, pero muchos los adquirían como una inversión adicional que generara recursos para la jubilación, fondos para el pago de la educación superior universitaria o como herencia para permitir a sus hijos establecerse.

El resultado obtenido por el capitalismo chino fue, en 2020, que un tercio de los propietarios de bienes inmuebles tenían por lo menos dos propiedades. Los menos tenían la suya para vivir. Pero un 10% de la población estaba en posibilidad de tener hasta 3 departamentos o más; todo marchaba a pedir de boca y el Estado y los empresarios chinos comenzaron a diseñar ambiciosos planes de vivienda, PORQUE LO INMOBILIARIO DABA LA SENSACIÓN DE SEGURIDAD ECONÓMICA. 

La crisis de China con los cambios ha generado incertidumbre; esta genera desconfianza, aquí y en China. Y el regreso de un régimen duro que interviene en lo económico es algo próximo y temido. Además, China padece un pésimo sistema de la red del Seguro Social, no exenta de baches causados por conspiraciones de corrupción — como en México—, y la prueba de los resultados exitosos del capitalismo chino está en la cifra de 24.4 mil millones de dólares que logró el trabajo de las familias chinas. 

El sistema financiero controlado por el Estado además entorpeció un punto importante para atraer los ahorros y meterlos a las inversiones: el interés bajó de manera espectacular a un simple 1%, en tanto en los Estados Unidos el interés está en 4% y puede aumentar. Y otro motivo para sacar el dinero de China es que el ciudadano puede recuperarlo —cuando logre salir de China— con acumulación de ganancias, y nadie le quitará la propiedad o le reducirá su cuenta. 

Fue tan intensa la reacción de la clase media de China que provocó que Hong Kong rebasara a Suiza en obtener dinero del extranjero, principalmente continental.La respuesta de del gobierno estatista fue clásica: la salida de riqueza es una medida antipatriótica —lo mismo que se alega en México— y la retórica oficial trata de convencerlos: “Las medidas del gobierno obedecen a los intereses generales de la sociedad china”, pero la verdad es que no son rentables. 

La intención del gobierno de Jinping está en que el mercado A, el oficial, repunte y que los chinos prefieran lo chino a lo extranjero en sus finanzas; pero los chinos tienen olfato para la economía y aprendieron que es más efectivo comprar propiedades en Occidente, sea Europa, Estados Unidos o incluso en otros países asiáticos capitalistas como Corea del Sur o Japón. 

La lucha por conservar los ahorros en el mismo país continúa, pero el problema es que, a la par, quieren tener bajas tasas de interés. El gobierno chino, por su parte, ya trae una gran carga de deuda interna, ha estado reestructurando sus pagos y adiciona el factor de que una quinta parte de lo invertido se pierde en subsidiar al Estado.

La economía no se maneja por discursos. Incluso el gobierno oferta campos como invertir en semiconductores, robótica, IA e industrias clave, pero por eso mismo es mayor la injerencia del Estado y su vigilancia exagerada, y A NINGUNO DE LOS INVERSIONISTAS EXPERIMENTADOS LES RESULTA ATRACTIVO, POR EL RIESGO ALTO DE QUE LA AUTOSUFICIENCIA NACIONAL, LA SOBERANÍA O ALGÚN OTRO DISCURSO LES QUITE SU DINERO; y ese sector está muy en la mira del gobierno. 

La gente por eso prefiere comprar en los Estados Unidos o en Occidente. La zona de tolerancia para adquirir monedas extranjeras solamente se permite por situaciones de turismo, fines educacionales o causas justificadas, y no permite que rebase los 50 mil dólares. Pero ahora los bancos hacen más preguntas, ponen más obstáculos y buscan frenar la salida de ese dinero.

Los chinos se hacen una pregunta económica que es subversiva totalmente: “¿Por qué los ciudadanos de otros países pueden tener opciones de inversión en lugares que ofrecen mejores oportunidades y evitar la depreciación del dinero… y los chinos hoy ya no?”.

La puerta cerrada dañó ya los planes de financiamiento de empresas de alta tecnología que sumaban las estimaciones de recaudación de China, como las de iniciativas aeroespaciales, caso de SpaceX y otras. La gente busca saltar las trancas oficiales para mover su dinero como le convenga y, en fin de cuentas, preservar los recursos de China antes que permitir que los burócratas dispongan de sus inversiones en proyectos sin ganancias o con pérdidas absolutas. 

La economía es ajena al patriotismo, y es patriótico preservar los valores del país usándolos inteligentemente, no cediéndolos para que les apliquen cuotas, reducciones o los lleven a campos de inversión que solamente le gustan al Estado.

En cierta forma es una rebelión. En el pasado, Mao Tse-tung y otros dictadores procedieron a la eliminación de la traidora clase media mediante eliminaciones masivas, campos de concentración llamados de reeducación, y la peor etapa fue la Revolución Cultural, que no tuvo nada de cultural sino de genocidio de clases sociales, persecución y creación de complejos de culpa por generar progreso, bienestar y riqueza. 

Sin embargo, el emperador Xi Jinping podrá ser muy poderoso, pero enfrenta una ley económica inexorable: “Ningún control financiero estatal puede impedir que la gente decida y traslade sus valores a lugares y sistemas que ofrezcan las mejores oportunidades”; así ha sido en la historia de la economía universal. 

El efecto del retiro del dinero prueba la pérdida de confianza en lo económico y genera dudas sobre el futuro chino, sumadas a la crisis demográfica y a aspiraciones militares que suenan más a aventuras de conquista, tipo Putin. 

El problema es que manejar la economía como apéndice del Estado se convierte en una contradicción absoluta. Es el regreso del estatismo y el fin del sueño chino, que en otro nivel podría querer la libertad individual y los derechos de una democracia real, algo todavía muy remoto pese a casi un siglo de socialismo. 

Una reflexión final: la economía es invencible, es natural y real, y sus tendencias se ajustan a una sociedad. Un gobierno puede distorsionarla mediante decretos, punición y prohibición, pero los efectos de esas alteraciones son inevitables: los planificadores buscan controlar la economía y es saludable hasta cierto punto, pero cuando asfixia, después cada control se revierte contra los impositores. 

El ejemplo perfecto es Cuba, o la misma Venezuela, que administrada por Trump, sigue con su estructura intacta de dictadura. Vietnam, socialista, sigue en la marcha del capitalismo entre tanto. 

La miseria es el resultado y la baja de crecimiento, y así es muy difícil sostener un ejército colosal con fines de expansión que, al existir, incrementa los riesgos de los episodios bélicos porque no justifica su gasto, y a mediano plazo los informes económicos lo demostrarán; pero la narrativa gobiernista se especializa en ocultar, aquí y en China. 

La inflación y el estancamiento no se resuelven con mentiras ni con programas televisivos. Los planes sexenales, mientras más extremos, más perjudiciales. Pero Xi Jinping lo ignora o se alinea a sus obsesiones del pasado ideológico y su poder de emperador chino; pero el decrecimiento y los baches se van a agrandar en el camino de China a ser la superpotencia con pies de barro. 

(Datos Milenio-New York Times, 18.06.26).