
El efecto Genovese se instala en Sonora
Este efecto cunde cuando todos miran y nadie actúa. Cuando todos se quejan, pero nadie exige. Cuando todos saben que algo está mal, pero cada quien espera que otro levante la voz. Sonora no necesita espectadores
Por Rodolfo Montes de Oca Mena
El llamado efecto Genovese alude a un fenómeno social perturbador: la conducta pasiva de quienes observan una situación grave, injusta o peligrosa, pero no intervienen, no reaccionan o no exigen una solución. Su nombre proviene del caso de Kitty Genovese, ocurrido en Nueva York en 1964, convertido con el paso del tiempo en símbolo de la indiferencia colectiva frente al sufrimiento ajeno. Más allá de las precisiones históricas que después se hicieron sobre aquel episodio, la expresión quedó instalada para describir una actitud social muy concreta: ver lo que sucede, lamentarlo unos minutos, comentarlo quizá en voz baja o en redes sociales, pero finalmente continuar como si nada pasara.
Traigo a cuenta ese concepto porque, lamentablemente, pareciera que el efecto Genovese cunde en Sonora.
Basta recorrer nuestras principales ciudades para advertir que algo profundo se ha deteriorado. No se trata solamente de baches, aunque los baches se han convertido ya en una especie de metáfora del abandono urbano. En Hermosillo, Ciudad Obregón, Guaymas, Nogales y otros municipios, las calles muestran un desgaste evidente: vialidades destruidas, banquetas maltratadas, camellones descuidados, parques en condiciones indignas, basura acumulada, espacios públicos que parecen haber sido dejados a su suerte y colonias enteras en las que la limpieza urbana dejó de ser una obligación elemental de gobierno para convertirse en una aspiración ocasional.
Lo más preocupante es que esa realidad parece haberse normalizado. Ya no sorprende circular por calles llenas de hoyos, esquivar cráteres urbanos o ver automóviles dañados por el pésimo estado de las vialidades. Ya no causa suficiente indignación que haya parques sucios, jardines secos, áreas recreativas abandonadas o zonas que debieran ser espacios de convivencia familiar convertidas en lugares inseguros, oscuros o simplemente inutilizables. Lo que antes habría provocado una reacción ciudadana inmediata, hoy se comenta con resignación: “así están todas las calles”, “así está todo”, “ya ni para qué reclamar”.
Pero si el deterioro urbano lastima la dignidad cotidiana, la inseguridad golpea algo todavía más grave: la tranquilidad, la vida y la confianza social.
En los últimos años, los sonorenses hemos visto desfilar una sucesión de noticias que deberían estremecernos: agresiones armadas, ejecuciones, ataques en espacios públicos, homicidios de policías, asesinatos de mujeres, hechos violentos en carreteras, ataques en fiestas, colonias sitiadas por el miedo y familias que de pronto quedan atrapadas en tragedias que no buscaron. En Cajeme, Guaymas, Nogales y ultimamente de manera principal en Hermosillo, los reportes de violencia armada se han vuelto demasiado frecuentes. A veces son notas de alto impacto nacional; otras, breves publicaciones locales que apenas duran unas horas en la conversación pública antes de ser desplazadas por la siguiente tragedia.
Ahí están los casos que todos conocemos y que no pueden quedar reducidos a una estadística: el ataque armado en una fiesta de quince años en Ciudad Obregón; los enfrentamientos y ejecuciones en Guaymas; las agresiones armadas en colonias de Hermosillo y Nogales; la ejecución de agentes de investigación; la muerte de un policía municipal en el centro de Hermosillo; la ejecución de una mujer en el propio Centro de Gobierno de la capital del Estado; el caso del comandante de la Agencia Ministerial de Investigación Criminal asesinado en Ímuris; el doloroso caso de Waldo’s; el asunto de los sueros contaminados; y tantos otros eventos que han lastimado profundamente a la sociedad sonorense.
Desde la Fiscalía General de Justicia del Estado se dice que esos asuntos se encuentran en investigación; sin embargo, esa explicación resulta insuficiente para una sociedad que exige resultados y no simples fórmulas burocráticas. Más aún cuando la conducción de esa institución recae hoy en un señor de nombre Rómulo Sálas, un fiscal ajeno al arraigo sonorense, cuya procedencia externa a nuestra entidad hace todavía más indispensable que demuestre, con resultados concretos, sensibilidad frente al agravio social que estos hechos han provocado. Porque, por lo menos desde la información pública disponible, ninguno de esos casos cuenta hasta ahora con una sentencia firme que cierre institucionalmente la herida abierta en la comunidad.
Pero más allá del estado jurídico de cada caso, lo que preocupa es la forma en que la sociedad los va incorporando a su paisaje emocional. Nos indignamos un día, compartimos la nota, opinamos en redes sociales, cuestionamos a las autoridades durante algunas horas y después seguimos adelante, hasta que otra agresión armada, otra ejecución o algún nuevo escándalo vuelve a encender momentáneamente nuestra atención.
Ese es precisamente el riesgo del efecto Genovese: convertirnos en espectadores pasivos de nuestro propio deterioro.
La que alguna vez fue una Sonora de vanguardia nacional no fue construida por ciudadanos indiferentes o apáticos. Nuestros antecesores tenían un carácter recio, combativo, exigente y profundamente orgulloso. No soportaban ver sus ciudades abandonadas ni aceptaban con facilidad el deterioro de aquello que consideraban propio. Había una cultura de exigencia pública, de reclamo social, de participación y de defensa del entorno común. Se podía discrepar políticamente, pero existía una convicción compartida: Sonora debía estar a la altura de su historia, de su gente y de su potencial.
Hoy, en cambio, pareciera que hemos bajado demasiado el umbral de lo tolerable. Nos acostumbramos a la suciedad urbana, a los baches, a la basura, al transporte deficiente, a los parques descuidados, a las noticias de ejecuciones, a los robos, a las extorsiones, a los ataques armados y a la impunidad real o percibida. Nos acostumbramos incluso a comparar nuestro estado con otras entidades del país que avanzan de manera visible, mientras nosotros discutimos problemas que debieron estar resueltos desde hace lustros.
Y no me refiero solamente a entidades lejanas como Querétaro, Coahuila, Puebla, Jalisco o Yucatán, que han logrado construir una imagen de crecimiento, infraestructura, seguridad relativa y competitividad. Me refiero también a estados vecinos que, con todos sus problemas, parecen mostrar una ruta más clara de modernización urbana, atracción económica y mejora de servicios. Sonora tiene ubicación estratégica, frontera, litoral, recursos naturales, talento humano, historia, identidad y vocación productiva. Lo que no puede tener es una ciudadanía resignada.
No se trata de negar los esfuerzos institucionales que puedan existir ni de desconocer que gobernar un estado con problemas complejos exige recursos, coordinación y tiempo. Pero tampoco podemos caer en la complacencia. Una sociedad madura no se limita a esperar comunicados oficiales ni a celebrar anuncios futuros. Una sociedad madura observa, mide, compara, exige y participa. La crítica pública no debe ser vista como enemistad, sino como una forma legítima de defensa de lo común.
El punto de partida es recuperar la capacidad de asombro y de indignación responsable. Que vuelva a incomodarnos una calle destruida. Que vuelva a avergonzarnos un parque abandonado. Que vuelva a parecernos inadmisible un servicio público indigno. Que vuelva a dolernos cada ejecución, cada agresión armada, cada crimen sin respuesta suficiente. Que no aceptemos como normal vivir en ciudades que, por momentos, proyectan una apariencia de abandono incompatible con la grandeza histórica de Sonora.
El efecto Genovese cunde cuando todos miran y nadie actúa. Cuando todos se quejan, pero nadie exige. Cuando todos saben que algo está mal, pero cada quien espera que otro levante la voz.
Sonora no necesita espectadores. Necesita ciudadanos.
Ciudadanos que recuerden que el espacio público también les pertenece. Ciudadanos que entiendan que la seguridad no es un favor, sino una obligación esencial del Estado. Ciudadanos que exijan gobiernos eficaces, servicios dignos, ciudades limpias, calles transitables, transporte funcional y procuración de justicia efectiva frente a los hechos que han lastimado a nuestra comunidad.
Porque si seguimos mirando desde la banqueta cómo se deteriora nuestro estado, llegará un momento en que ya no bastará con preguntarnos qué le pasó a Sonora. Tendremos que preguntarnos, con mayor crudeza, qué nos pasó a los sonorenses.
*Primer Fiscal General de Justicia en la historia de Sonora. Abogado penalista con Maestría en Ciencias Penales por el Instituto Nacional de Ciencias Penales (INACIPE) y doctorando en Ciencias Penales y Política Criminal en la misma institución.
Correo: mdeocasc@hotmail.com









