“Los matadores nacen, no se hacen”, y Vadim merecía salir en hombros por la puerta grande.
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El hombre que tuvo las tres divas más famosas del mundo

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Por Manuel Gutiérrez

¿Puede un hombre, en una sola vida, ser el Pigmalión —el director de la vida— de las tres mujeres más famosas del mundo en su momento y de las restantes cinco, no tan famosas pero sí complejas? (No simultáneamente, descansen aspirantes a Casanova y a Don Juan, ¡uff!), pero tuvo los recursos necesarios para triunfar donde la imaginación de millones solamente podía soñar.

El nombre de ese portento es Roger Vadim Plemiannikov, un ciudadano francés de origen ruso (así se nacionalizó) que logró tener en su lista a Brigitte Bardot, como su dirigida y como su esposa. Luego siguió Annette Vadim (Annette Stroyberg), Jane Fonda, Catherine Schneider y su última esposa fue Marie-Christine Barrault; todas ellas actrices y tres de ellas de fama mundial. Sin embargo, como amante o pareja sentimental, tuvo a la famosa Catherine Deneuve, sumando en ese mismo plan a Ann Biderman y en situación adicional.

Me llamó la atención el caso por la muerte de Brigitte Bardot, ya que él la descubrió como estrella mundial y símbolo sexual; ella, por su parte, lo hizo saltar a un mundo de frivolidad en el que pudo seguir conquistando estrellas de cine. Pero no logró contener a Brigitte, que incluso le puso un cuerno con Jean-Louis Trintignant. En total, dejó cuatro hijos: un varón y tres mujeres.

A la par, investigadores de la revista Car en español detallaron su vida de verdadero seductor desde el punto de vista de los automóviles que usó, y vaya que el angelito tenía buen gusto: un Ferrari 360, un sagrado Ferrari 250 GT California y, adicionalmente, con Brigitte empleó un Bugatti. Vadim completó su imagen de leyenda en los tiempos en que ir rápidamente no era tanto problema por la falta de radares. En lanchas, tuvo una Riva. Pero los carros sumaron un Lancia Aurelia y un Citroën, muy francés en su momento.

Fue amigo de Don Enzo. Vivió el mágico momento de la Riviera francesa entre millonarios que jugaban a ser bohemios sin apuros, y aventureros sin dinero que aparentaban ser millonarios; pero todos vivían al máximo. Juegos, apuestas, esquí acuático, buceo, carreras informales, botes lujosos, carreras formales, lujo, borracheras y comidas selectas y, por supuesto: mujeres que dejaban asombrados a los espectadores si no lo hacía el modelo del carro, marcando una diferencia de vivir con el resto de los mortales.

Car cuenta que una vez corrió por gusto con Catherine Deneuve a 200 kilómetros por hora en su Ferrari y dio alcance a la comitiva del Presidente Charles de Gaulle, quien se alarmó, pero inexplicablemente —por la forma de conducir— abrió paso. Los agentes de seguridad observaron que era Catherine, con la cabellera rubia al viento, y Vadim convertido en un monstruo al volante. De Gaulle preguntó quién era la dama: —“Es Catherine Deneuve, Mon Général…”. —“Pues si va con tanta prisa, hará una gran carrera”. De Gaulle acababa de librar un atentado en ese momento del encuentro, pero ellos vivían sin medir los riesgos.

Vadim no era ajeno al poder francés. Se cuenta, según CAR, que en 1974 el presidente Giscard d’Estaing hizo puré un Ferrari de Vadim al impactar contra un transporte de leche; terminaron bañados en un charco del blanco líquido, pero pudieron reír y comprarle otro Ferrari a Vadim.

Bardot: una leyenda hasta el final

Genial y como Pigmalión —creador de una figura a su gusto—, hizo emerger del mar a Brigitte Bardot, entonces una joven de menos de 20 años con opulenta figura en la Costa Azul. Ante los marinos de un portaaviones norteamericano que ancló en la zona, ellos fueron la involuntaria porra de admiración de la estrella. Su fama corrió como un incendio de gasolina. Brigitte, a la par que Vadim, tuvo una carrera cinematográfica, digamos, regular. Pero Brigitte era inolvidable desde “Dios creó a la mujer” o en “Viva María”, un “churro” en el que lo mejor era el busto de la joven francesa mostrado sin recato.

Vadim se casó con ella. Brigitte se divorció, como todas las mujeres lo hicieron de él, y sus amantes al final lo ignoraron, excepto la última, porque intervino la muerte de Vadim. Vadim no pasará a la memoria como un genio cineasta, pero creó mitos mundiales en las figuras de Brigitte, Jane Fonda y Catherine. Incluso en el cine nórdico, porque se relacionó con la estrella Annette Stroyberg, con quien tuvo una hija y con quien vivió del mismo modo: aventura, vino, velocidad, apuestas, cine, fama, glamour por todas partes y desengaño.

Vadim, observado analíticamente, era un tipo grandote (1.83 metros) y más bien feo. Pero tenía carisma, ese “algo” especial que seduce pero que no dura para siempre. Fue hijo de un ruso luchador contra el bolchevismo que se refugió en Francia; fue discípulo de Allégret, su director maestro, pero lo interesante fueron sus descubrimientos femeninos, que lo llevaron a la fama y a la cama de las mujeres famosas. Ese fue su tema principal, ni siquiera el del aventurerismo que vivía.

Brigitte tuvo un final anticlímax en su vida: se convirtió en seguidora de Marine Le Pen, de la derecha radical de Francia, y dedicó sus últimos años a luchar contra la crueldad animal, así como a la defensa de valores tradicionales que, aun en su apogeo simbolista, nunca cuestionó. Tal vez solo en materia de atrevimiento, de lucir desnuda y de proponer los romances inverosímiles de la pantalla, pero siempre fue conservadora, aunque desnuda. Era su forma de manifestarse.

Vadim no era un Delon o un Belmondo, atlético y feo pero encantador. No era como Yves Montand, actor y cantante, pero la experiencia de las bajezas humanas derivadas de la ocupación de la Alemania Nazi en Francia lo decepcionaron del género humano. Optó por entender que lo mejor de la vida estaba en lo que eligió como forma de placer: vivir intensamente entre el lujo y la lujuria.

Car publicó para los fanáticos de los carros la historia el 19.08.21, pero no le hace justicia en su reportaje; aunque lo centra en los autos que usó —algo interesante que dice mucho de su personalidad—, le puso por título “Memorias de un vividor”. Creo que no fue certero. No era un mantenido ni era un fraude; era un director de cine que ofrecía trabajos consagratorios en sus piezas, las cuales convertía en iconos. Todavía no se sabe por qué, pero partían de la base de la belleza de sus mujeres y de vivir al máximo el momento.

Quien haya visto “Barbarella” con Jane Fonda recordará la estrafalaria puesta a punto y la historia, punto menos que sin chiste; pero no perderá cada segundo en que Jane Fonda luce espléndida y muy generosa. Terminó por un tiempo como mujer de Vadim entre carreras veloces y fiestas destrampadas que nadie censuraba (no había celulares, gracias a Dios), creando una fama que llegaba a él pero que, a la par, retroalimentaba totalmente a sus estrellas, aumentando su aureola. El romance con Jane fue en California, en Beverly Hills.

Vadim tuvo un sueldo increíble para su tiempo como periodista en Paris Match: 80 mil francos al mes, lo que le permitía contactos con dinero; y con el dinero vinieron sus inversiones para cine. El resto fue su talento para destacar a las bellas, inteligentes y pasionales mujeres que dominaron el mundo del celuloide de los años sesenta y más allá, dejando una estela inolvidable. Pasó a la inmortalidad por los mitos femeninos que creó. Brigitte no necesitaba grandes esfuerzos, solo mostrarse.

Catherine, en cambio, era más actriz: muy bella, no recatada, pero no pretendía ser símbolo sexual aunque estaba “muy bien equipada”. Hizo papeles más inteligentes, mostró lo necesario, hizo dinero y una carrera más consistente, pero resulta increíble que aceptara ser “la casa chica” de Vadim dado que ella lo tenía todo. Jane, ya madura, se convirtió en militante de izquierda —sobre todo con lo de Vietnam— y en un antimodelo de actriz reconocida en los Estados Unidos; después de todo, era la hija de Henry, pero inspiró a la izquierda hippie.

Marie-Christine Barrault, actriz, fue la última depositaria de la vida de Vadim y permaneció a su lado hasta lo último. Pero su muerte es extraña; al parecer ocurrió en un festival luego de sufrir una golpiza. La versión tiene puntos opacos que nadie tiene interés en determinar. Terminó en una tumba en el panteón de Saint-Tropez, en un cementerio cercano al mar, pleno de sol. Bardot, Fonda, Schneider y Stroyberg sí lo despidieron, pero no así Deneuve ni Biderman, las amantes.

La cinta de 1973 tuvo algo de propositiva, un feminismo moderno muy tímido: “Si Don Juan fuese mujer”. También pasa del promedio la de 1968, “Historias extraordinarias”, que tuvo más de cine que de “encuere”. Como fuera, sus pelis recuperaban el dinero en la taquilla y nadie le pedía obras de arte.

Curiosamente, reveló que nunca se opuso al matrimonio como estado natural del hombre —muy recomendable—, pero dijo exactamente esto: “Siento poco respeto por tal institución que ni siquiera tengo prejuicios contra ella. Ahora bien, si firmar un documento podía simplificar nuestra vida, proteger a nuestra hija de habladurías y demostrar mi amor por mi mujer, ¿por qué no?”.

Bueno, los hubo peores: Francisco Villa, el revolucionario mexicano, se casó oficialmente 52 veces (empleó el cañón de su pistola como argumento) y lo hizo muchas veces de forma religiosa, pasando el trámite para disponer de la “presa” lograda. Y Villa era estrella de Hollywood y le pagaban por filmar sus batallas, así que no dista tanto de Vadim… y tuvo un Dodge.

La infancia y adolescencia de Vadim fue un revoltijo conyugal por obra de su padre, por lo que no fue resultado de un modelo de estabilidad familiar; pero tuvo una suerte increíble: hizo fortuna, fama y vivió una vida al límite. Una vez fue a esquiar a Suiza, sufrió una caída y se fracturó el tobillo. Giovanni Agnelli, uno de sus financieros y amigos, envió un avión privado para llevarlo a atender a Zúrich, mientras su mujer, Annette, se fugaba con otro hombre, un cantante llamado Sacha. Con ella filmó en Roma una de vampiros, “Morir de placer”, totalmente digna del olvido. En lugar de reclamar, actuó como afectado comprensivo: “Gracias a eso, Annette me dejó a mi hija conmigo”, dijo. No suena como un Don Juan clásico; más bien algo raro e inexplicable.

Sus grandes enemigos fueron sus amigos, que preferían Aston Martin o Mercedes 300 SL, a los que desafiaba a carreras con apuesta o sin ella; de todos modos, pasarían de los 200 kilómetros por hora. Hombre de casinos, sin embargo, no se le conocen bancarrotas o endeudamientos excesivos; apostaba, ganaba, perdía, pero se divertía siempre y filmaba de manera constante. Sí trabajaba, pero ser “a su manera” era parte de su forma de vida.

Cannes, Montecarlo, Saint-Tropez eran su decorado, o California, pero del lado opulento. Porque vi cine de Vadim desde muy joven en el cine Río —no eran tan exagerados con lo de los menores de edad en la sala— y eso me llevó a Jean Sorel; vi cine de Godard, de Renoir, de Malle y de Truffaut en funciones de 3×1 a precios increíbles (y duraban más en cartelera Viruta y Capulina). Entonces, intenté aplicar mis aprendizajes con muchos fracasos, pero del dicho al hecho hay mucho trecho… aunque me quedó una saludable afición al Courvoisier, el coñac de Napoleón, con mi amigo entrañable “El Patín”; bohemios pobres pero con estilo, un montón de recuerdos de cine y mucho Marlboro.

En pocas palabras: “Los matadores nacen, no se hacen”, y Vadim merecía salir en hombros por la puerta grande.