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Sobre Carlos Monsiváis y más

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Por Manuel Gutiérrez

Para los que conocimos en la FIL a Carlos Monsiváis, su militancia gay de corazón era un hecho de fama pública y absolutamente reconocido. El notable crítico, autor autodidacta, usaba unas dos horas estelares de los escenarios de la FIL para luego liberarse.

Privilegiado en cuanto que las órdenes de Raúl Padilla eran que tanto él como otros notables la pasaran muy bien, le abrían cuenta en La Fuente, la cantina de la bicicleta abandonada para el consumo, y la verdadera energía conceptual se manifestaba en esa tertulia lejos de posturas oficiales, de comedimientos y de posiciones negociadas.

Los excesos también; las finas alusiones de Carlos, aunque aplaudidas, no eran captadas por el gran público, y menos aún por los ingenuos seguidores de una ideología estable; era burlesco de todo, incluso de su izquierda a la que consideraba infantil.

Carlos Monsiváis, como crítico, era aplaudido como un tótem sagrado o como un profeta de nicho. Sus críticas podían comprender a Cuba, por ejemplo, pero el dardo no era percibido como tal, y pese a ello le aplaudían y se limitaba a sonreír.

Monsiváis, en tanto, criticaba lo que se moviera con un sentido de superioridad intelectual y moral, que era su respaldo y pedestal creador. Una vez consagrado, podía darse todos los lujos, desde criticar el Boom Latinoamericano o a Mario Vargas Llosa, a Gabo, a quien se atravesara.

Las altas cuentas de la cantina La Fuente originaron que mejor la adquiriera Raúl, que era el pagador de los consumos desenfrenados de los intelectos. Ahí terminaba la parte pública del acto; el resto era privado si las deidades como Monsiváis lo deseaban.

La entrevista que resucitó y al parecer alteró con adiciones —porque el autor, Edmundo Cázares, no pudo entregar la prueba fundamental, que es la grabación original, a El Universal—, como “homenaje a Monsiváis”, una larga entrevista con chispazos de interés cuando cita a personajes como Cuauhtémoc Cárdenas o habla de las entrañas del PRD. Y, sin embargo, pese a su extensión memorable en cuanto a señalar la locura cesariana de López Obrador, según el añadido pronunciado por Monsiváis, y de paso señalar que se refugió en su casa 9 meses luego de matar a su hermano en lo que finalmente la justicia estableció como causa accidental.

Pero el remate del párrafo que ha calado demasiado hondo está en el concepto de que Carlos pasaba con Andrés Manuel deliciosas noches… (sin tomarse la necesidad de declarar si eran de charla amena o de otras actividades más carnales) y que López Obrador es y era capaz de hacer todo por dinero… son un remate que evidencia o insinúa una relación pagada, un uso que el intelecto de Carlos no podría ignorar que lo estaba ventaneando si lo hizo, pero lo dudo incluso siendo detractor de AMLO; y, de fondo, no es materia importante para su juicio histórico o como causal de sus políticas, aunque tuvo marcados pronunciamientos de Morena por causas de la ideología de género.

Edmundo seleccionó su entrevista porque siente que es su especialidad. Es una versión de Oriana Fallaci, la periodista italiana que marcó los 80 con best sellers logrados de entrevistas con personalidades mundiales. A lo macho, fue un intento de Edmundo por inmortalizarse, pero no se trata de Luis Spota, de Carlos de Denegri; se trata de un periodista común que, olvidado, quiso colocarse en el centro de atención, pero logró demandas, el despido de El Universal y quedar en evidencia, algo parecido al caso de Leticia Robles, periodista capitalina que buscó un reportaje sensacional mostrando el nepotismo en el Senado, en el círculo del poder, y le adjudicó un hijo que no es a Fernández Noroña. A este no le bastaron las disculpas públicas y busca más teatralidad en el resarcimiento, y su furor vengativo le hará pasar todavía horas muy amargas a la señora Leticia Robles.

Pedro Ferriz, en su comentario sobre el nexo Monsiváis-López Obrador, lo desestima como de poca o nula importancia, incluso no lo cree, pero revela mucho de un asistente todoterreno que hoy ocupa puestos claves en la 4T; se trata de Jesús Ramírez Cuevas, al que revela como discípulo de la preferencia por los efebos y aun por los veteranos que pudieran prestar utilidad, placer o servicios de escalamiento… fue otro señalamiento de cómo es el proceso formativo en los altos niveles de la izquierda, en que tienen sus placeres.

De acuerdo con Ferriz, ese episodio no tiene importancia histórica, realmente, pero fija el porqué Morena y su administración de López Obrador jugó tanto a favor de las causas del sector LGBT y las siglas que gusten agregar, si es que era su afición. Vamos, a estas alturas del siglo XXI no es motivo de escándalo ni de cacerías de brujas. Es un simple problema de ética periodística de los autores de los errores, porque en este negocio la verdad es un escudo real, y a veces ni así, y con menos te expones al molino de carne.

Porque al margen de todo, López Obrador mostró el temperamento volcánico, inestable y capaz de llevar enconos al futuro. Porque no resultó una personalidad elevada, benévola, superior, aun con deficiencias culturales en su formación, sino una personalidad amargada y cerrada como una piedra, que fue lo que describió Héctor Aguilar Camín en su entrevista real que terminó mal, en que lo presentó como un “Mesías Tropical”; pero desde antes el Caudillo reaccionó con sus fobias y puso distancia de lo que reflejó Aguilar Camín: un buen retrato y un gran perfil, pero no a modo.

Porque la 4T tiende a preferir la hagiografía que la historia. Quiere un personaje de leyenda, impoluto, perfecto, un nuevo Juárez, pero López Obrador está muy lejos de ese paradigma. Vamos, si fuera materia eclesiástica, están buscando un nuevo santo.

Sus errores, su formación o deformación, sus alcances se reflejaron en el México que dirigió en un sexenio y en el siguiente como máximo caudillo; pero los resultados de sus latidos, de sus visiones en transporte, refinación, temas de petróleo, comunicación, aviones, aeropuertos, resultaron de verdad un desastre del que todavía no se puede liberar la gerenta sin suprimir costosos subsidios para mantenerlos. Eso es lo que importa, no si jugaba o no a los espadazos.

La rectificación de 70 kilómetros del Tren del Istmo muestra que la obra fue mal hecha, no que un maquinista sea culpable.

Pero López Obrador quería todo y pronto, y antes de que su periodo expirara como presidente formal, y ese afán megalómano condujo a desastres financieros y operaciones como el Tren Maya, Mexicana Militar de Aviación, a la seducción del sector militar, que pasó de temer a sobornar entregándole negocios como para hacerlo corporativo, y lo peor fue el pacto con los criminales, la aceptación de sobornos, la creación de un gobierno del delito de facto actuante en concordancia con el gobierno.

Esos errores fueron de él. Y en las decisiones hay elementos objetivos y subjetivos. En los segundos pueden ser reflejo de su capacidad de realización personal y del logro de recompensas de su personalidad bastante compleja.

El punto ocasionó amenazas al periodista, incluso de muerte, y la escandalosa percepción de Claudia de que El Universal había caído al nivel del lodo, según ella. Es evidente que este escándalo fue premeditado por el entrevistador, porque es imposible que el párrafo que pasará a la historia no quede comprendido en sus alcances de entonces y de ahora, y si fue añadido es malo, como malo fue que en origen, en El Sol de México, no apareciera ese párrafo polémico.

Pero Ricardo Alemán, periodista perseguido por la 4-T alineado sin remedio a la derecha, publica que era una maniobra de Palacio Nacional esa divulgación, porque según él tanto El Universal como Reforma le hacen el juego a la Presidenta que golpea a sus rivales o rebeldes y que finca así una separación de la hegemonía de AMLO. Pero el hecho de etiquetarlo como gay resultó contraproducente y se convirtió en una afrenta intolerable a la 4T. Alemán se pregunta cómo pudo El Universal publicar esa dinamita sin respaldo o bien si Edmundo deseaba un segundo aire de fama.

Monsiváis triunfó en canonjías y en la formación de muchos dirigentes hoy de la 4T, como se ha citado a Jesús Ramírez Cuevas, algunos o muchos de ellos de la misma norma relajada y preferente por los efebos, pero eso no es exclusividad de Morena, los hay en todas partes y partidos y, finalmente, no importa, es algo personal y privado.

Ciertamente es un punto importante para los investigadores, pero no necesariamente incide en la realidad y en las decisiones históricas.

Visto así, López Obrador se ve como un Julio César o Nerón vapuleado en su camino, que tragó sapos y otras cosas grandes, pero logró sus mesiánicos propósitos de verdad. Visto así, se ve como un trepador de ambición insospechada e inextinguible que engañó con las mayores promesas a México, pero paradójicamente salvó el sistema político mexicano, que fue aprendido en el priismo, perfeccionado en el perredismo y personalizado y triunfal en Morena como movimiento unipersonal, caudillista, sin asomo de democracia y con excesos que hacen palidecer a los llamados neoliberales.

López Obrador prolongó la forma de gobierno que había empleado el PRI durante 70 años, pero la llevó al extremo total más allá de lo que ahora parecen estafas ingenuas aunque millonarias —punibles legalmente, pero Peña Nieto fue perdonado en todo por AMLO—; todas las superó en Segalmex, en los amigos de su hijo, en Bartlett, en el procurador anterior Gertz Manero, que usó como alfil para someter a sus rivales, en tantos gobernadores, hijos y legisladores en escándalos interminables.

Esa corrupción aumentada, mejorada, prolongó por dos sexenios ese molde de gobierno, y no era eso lo que la izquierda deseaba —porque hay toda una gama—: la hay democrática y la hay oficialista; ni tampoco la derecha podría aprobar por el desastre de seguridad, de control del Estado en las elecciones, de sometimiento de poderes como el Judicial en forma descarada y totalitaria. Pero en el gobierno de Morena se reconoce un estilo que es continuidad del priismo del pasado, poco sano, aunque eso ellos nunca lo vayan a admitir, pero son lo mismo en escala peor, eso es el gran aporte de AMLO.

Pero logró que volvieran a creer en él, en el sistema con otro nombre, y abrió las puertas para que políticos oportunistas llegaran a cebarse como nunca en el enriquecimiento ilegítimo con los proyectos más absurdos en una cerrazón que solo admite a los suyos, pero prolongó el sistema político mexicano con otro nombre.

Hoy se pagan los efectos de un sexenio destructivo así. Hoy tenemos que cambiar a otra tendencia, a buscar otra opción y parar este impulso a un sistema dictatorial. Pero el temperamento, la soledad del poder, la irrealidad de ver otro México con otros datos son, como en el pasado, algo que vio claramente Monsiváis. Porque sus mejores ideas salían en La Fuente, sin compromisos de ser políticamente correcto en la FIL.

Ver a López Obrador como un ambicioso, un loco capaz de sentirse superior a todo, un nuevo Julio César (que acabó con la república e hizo un imperio centralizado de Roma) es algo de todos conocido y ampliamente documentado.

Pero el Caudillo es definitivamente humano, con defectos notables como todos los presidentes o líderes que quieran mencionar, y con sueños de grandeza, y su ingreso a la historia debe ser realista, adornado con sus alabanzas de rigor, pero sin omitir todo el conjunto.

Pero los grandes historiadores como Carlos Pereyra, Riva Palacio, Mariano Cuevas no pintan un solo lado, y es el conjunto total el que da la comprensión de la dimensión que tuvo un personaje. De otra manera será hagiografía, otro horrible vicio que en ocasiones impera en las páginas mexicanas.

Al hacer este, consulté el tema con Laura Gutiérrez, hermana de la casa editorial, y me recordó: “Mis maestros me enseñaron que la base de todo periodismo está en la ética, eso es fundamental en el periodismo, la balanza central, no calumniar, simplemente lo que es comprobable, con datos veraces. Lo personal es privado, lo público le pertenece a todos”, y tiene razón.